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lunes, 23 de marzo de 2009

Detrás del Telón


Por Walter Edgardo Eckart

Las ultimas decisiones del matrimonio presidencial (no haber dado quórum en diputados para debatir las retenciones; el anuncio de CFK de “coparticipar” los derechos de exportación; la avanzada contra la libertad de prensa; etc); han causado en el seno de la sociedad argentina una serie de reacciones: desde el desconcierto, la bronca y la indignación por parte de distintos sectores de la oposición, del PJ disidente y del campo; hasta el aplauso y justificación de quienes todavía integran las filas del Kirchnerismo. Sólo parece advertirse una postura gris, indefinida, tibia y no del todo consistente en las explicaciones dadas en calidad de “descargo”: la posición del bloque del Diputado Nacional Eduardo Gabriel Macaluse (Solidaridad e Igualdad ‘SI’).

En cualquier caso, resulta interesante intentar dilucidar las verdaderas motivaciones de Néstor Kircher, escondidas detrás del telón, y que sustentan las decisiones en cuestión.
Hace un tiempo, en Junio de 2008, había publicado una columna que comenzaba diciendo: “Ningún gobernante quiere que le vaya mal...”, en alusión a una simple frase popular que, obviamente, no hace referencia a ninguna ley. Es simplemente el dictamen del sentido común. Y repugnaría al intelecto humano la sola idea de que un gobierno “se esmere”, por decirlo de algún modo, en que todo se complique innecesariamente.
En efecto, la aparente “inentendible posición” del gobierno nacional frente a un sin números de conflictos (con el campo, con los medios, con sus propios dirigentes, con los organismos financieros internaciones) comenzaba a plantear, ya en ese entonces, la idea de que detrás de todo lo que se veía y se escuchaba, había algo más, “distinto” de lo que uno podía creer que, hasta ese momento, era enteramente “desconocido”.

En efecto, reducir la posición del gobierno a cuestiones como “no quiere retroceder...”, “no tiene capacidad de diálogo...”,”está mál asesorado...”, “improvisa sus desiciones”, y cosas por el estilo, aún siendo verdad, parecía constituir precisamente eso: un “reduccionismo” que complicaba aún más el análisis de la ya delicada situación.

Recuerdo haberme referido explícitamente a Néstor Kirchner, al afirmar que éste (Kircher) no llegó a fundar en el 2003 el Frente Para la Victoria por ser incompetente; ni llegó al gobierno por ser falto de inteligencia; ni logró dividir a la oposición sólo por ser prepotente o soberbio. Por el contrario, demostró manejar una lógica política bien articulada (para bien o para mal), que le permitió conseguir gradualmente sus objetivos, más allá de que sean éstos convenientes o no para la nación.

No era razonable, por tanto, suponer que, en unos cuantos meses, de pronto se haya vuelto casi “autista”, carente de toda inteligencia y estrategia política de corto, mediano o largo plazo.

“Ningún gobernante quiere que le vaya mal...”. Propiciar innecesariamente un desenlace peligroso, que dañaría gravemente al país pero también a su propio partido y socios, y especialmente a él mismo, al punto de que se hacía cada vez más probable una eventual derrota electoral en el 2009, no tenía ningún sentido, a menos que hubieran motivos ocultos y de tal gravedad que lo justifiquen. Porque la otra posibilidad, la que quedaba, directamente estaría hablando ya de algún tipo de patología psicológica autodestructiva, que echaría por tierra casi todo lo que él mismo consiguió.

En este marco, es legítimo entonces señalar al menos “algunos signos” que, eventualmente, explican el comportamiento del matrimonio presidencial

1). Más allá del perfil psicológico de Néstor Kirchner, que ha sobresalido siempre por “redoblar la apuesta” frente a una situación de conflicto (propia, por otra parte del setentismo, donde todos eran amigos o enemigos y no había término medio; y se debía aplastar al contrario, descartándose toda forma de diálogo y consenso “real”), una cosa parece cierta: jamás aceptaría ser un “segundo”. Si en octubre el FPV no ganaba las elecciones, en el esquema kirchnerista la balanza, probablemente, si inclinaría a la “huida”, a “dejar el poder”, como ya indicaron varios trascendidos en la prensa nacional, en ocasión del voto no positivo del Vicepresidente Cobos, sujeto en los meses posteriores a un sin números de desplantes, agravios y hasta pedido de renuncia a su cargo.

2). Desde esta perspectiva, Octubre significaría –probablemente- una derrota electoral en la mayoría de los distritos (inclusive en la segunda franja del cono urbano bonaerense, lo cuál reduciría la ya escasa mayoría en ambas cámaras del Congreso de la Nación, tras las decisiones de Reuteman, de Felipe Sola y tantos otros dirigentes o legisladores que su momento adhirieron al Kirchnerismo, que luego se alejaron, y con una oposición, además, que amen de sus diferencias, se fue aglutinando y logrando acuerdos (principalmente de carácter legislativos y no tanto eleccionarios), a lo largo de las últimas semanas. Y todo esto en el marco de la “derrota emblemática” (no tanto de importancia cuantitativa) producida en las últimas elecciones de Catamarca, a partir de la cual varios gobernadores pensaron para sus adentros y luego lo expresaron: “No nos ayude más... nosotros vamos a hacer nuestra propia campaña...”

3). La Crisis Internacional (ridiculizada por el kirhnerismo como “el efecto jazz” y negada inicialmente en sus efectos en lo que concierne a Argentina), sin embargo creció y puso en jaque al mundo entero; y en Argentina, según los analistas, haría sentir todo su peso recién a principios del segundo semestre. En este sentido, si la elecciones fueran en octubre, el kirchnerismo sería el responsable político por no haber tomado las medidas adecuadas para minimizar los daños. Al transportar la elecciones a finales de Junio, le cabría la posibilidad de una salida “decorosa del poder”, ya que la “papa caliente” debería ser asumida entonces por la oposición, y se argumentaría (seguramente), que Argentina no pudo afrontar la crisis, “porque los mismos que nos votaron han conspirado contra este gobierno...”.

En suma, pareciera que no está en discusión que los Kirchner realmente se quieren ir del poder, porque desde la mentalidad que tienen, no logran acertar con ninguna medida que pacifique al país y bosqueje una salida razonable, frente a la crisis internacional y frente a la creciente crisis interna. Todo parece indicar, por el contrario, que “no es que le han quitado la seguridad de la gobernabilidad”; sino, más bien, que por sus propios medios han hecho, lo posible y lo imposible, para perderla.