Por María Gloria Mena
Mariagloria.mena@gmail.com
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Columnista
Para ChacoMundo
Comentarios: (01)
Siempre existió este fenómeno. Habitantes de zonas rurales que venden sus propiedades, dejan su actividad agrícola y vienen con toda su familia a vivir a la ciudad.
Ya en la Revolución Industrial, en la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, se producían estos éxodos rurales, donde el agricultor se transformó en obrero industrial, muchas veces en condiciones de explotación.
También fue muy común el caso de hijos de campesinos o de habitantes de ciudades pequeñas, que se trasladaban a la ciudad para terminar sus estudios secundarios, o ingresar a la universidad; y posteriormente no regresaban.
Otro caso fue el de poblaciones que fueron desapareciendo porque el ferrocarril ya no pasaba. Sus pobladores también fueron a centros urbanos, como capitales de provincia, por ejemplo. Además claro, de ciudadanos que se trasladaban a la “gran ciudad” para buscar empleo.
Pero lo que ocurre en la actualidad es el ejemplo más triste de migración interna.
En efecto, debido a la escasa o nula rentabilidad de la actividad agropecuaria, los pequeños campesinos se ven obligados a dejar sus tierras (muchas veces mal vendidas), y venir a la ciudad, donde pretenden lograr “aunque más no sea” un plan social.
Generalmente, deben ubicarse, en casa de algún pariente, en villas miserias o barrios muy pobres, con la esperanza de obtener algún trabajo o “changa”.
En este marco y paradójicamente, el desarraigo que experimentan termina siendo “el menor” de sus problemas.
Resulta incompresible, que nuestro gobierno desaproveche las oportunidades de tener una gran producción de alimentos, que el mundo demanda y los va a seguir demandando.
El hombre de campo, al que le gusta su trabajo, ya realizó en el pasado y podría realizar en el presente, un gran aporte a la economía del país, si no tuviera tantas trabas y si no sufriera por parte del gobierno el maltrato del cual es objeto.
No solo gana su propio sustento, sin necesidad de ser empleado del estado, como lo son muchos habitantes de las ciudades, sino que también es impulsor de otros sectores económicos, como la industria de la fabricación de maquinarias agrícolas, la construcción, el transporte, etc.
Es de sentido común que cualquier gobierno lo que debería buscar es generar fuentes de trabajo, no destruirlas. Combatir la pobreza y la indigencia, no acrecentarla. Buscar para su pueblo mejores condiciones de vida, no condenarlos a engrosar los bolsones de pobreza urbanos.
Pero está sucediendo increíblemente lo contrario. ¿Será que es un mejor negocio político mantener la situación así?
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COMENTARIOS DE NUESTROS LECTORES:
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Celestino – Clorinda -Formosa -Argentina
Mal que nos pese a los argentinos, las cifras dibujadas por don Moreno (INDEC) son las que están vigentes. En base a ellas se toman recaudos y se adquieren compromisos. No importa el malhumor de los afectados (nacionales y/o extranjeros). Están incluidos los migrantes.
Hace bastante tiempo que al campo no se le da la atención que se merece. El colmo llegó con la venganza de los K. Sin importarles un rábano que al mismo tiempo de urdir para “arrodillarlos” la propia recaudación del Estado merme considerablemente.
El hacinamiento de nuestros compatriotas en las periferias de ciudades importantes son “caldo gordo” para el clientelismo político, porque los mantienen aglomerados para prometerles trabajo, viviendas, bienestar, a sabiendas de que no cumplirán. Por otra parte, sirven para fortalecer el “aplaudiómetro”, acarreo mediante; tan en boga en estos momentos.
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Para ChacoMundo
Comentarios: (01)
Siempre existió este fenómeno. Habitantes de zonas rurales que venden sus propiedades, dejan su actividad agrícola y vienen con toda su familia a vivir a la ciudad.
Ya en la Revolución Industrial, en la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, se producían estos éxodos rurales, donde el agricultor se transformó en obrero industrial, muchas veces en condiciones de explotación.
También fue muy común el caso de hijos de campesinos o de habitantes de ciudades pequeñas, que se trasladaban a la ciudad para terminar sus estudios secundarios, o ingresar a la universidad; y posteriormente no regresaban.
Otro caso fue el de poblaciones que fueron desapareciendo porque el ferrocarril ya no pasaba. Sus pobladores también fueron a centros urbanos, como capitales de provincia, por ejemplo. Además claro, de ciudadanos que se trasladaban a la “gran ciudad” para buscar empleo.
Pero lo que ocurre en la actualidad es el ejemplo más triste de migración interna.
En efecto, debido a la escasa o nula rentabilidad de la actividad agropecuaria, los pequeños campesinos se ven obligados a dejar sus tierras (muchas veces mal vendidas), y venir a la ciudad, donde pretenden lograr “aunque más no sea” un plan social.
Generalmente, deben ubicarse, en casa de algún pariente, en villas miserias o barrios muy pobres, con la esperanza de obtener algún trabajo o “changa”.
En este marco y paradójicamente, el desarraigo que experimentan termina siendo “el menor” de sus problemas.
Resulta incompresible, que nuestro gobierno desaproveche las oportunidades de tener una gran producción de alimentos, que el mundo demanda y los va a seguir demandando.
El hombre de campo, al que le gusta su trabajo, ya realizó en el pasado y podría realizar en el presente, un gran aporte a la economía del país, si no tuviera tantas trabas y si no sufriera por parte del gobierno el maltrato del cual es objeto.
No solo gana su propio sustento, sin necesidad de ser empleado del estado, como lo son muchos habitantes de las ciudades, sino que también es impulsor de otros sectores económicos, como la industria de la fabricación de maquinarias agrícolas, la construcción, el transporte, etc.
Es de sentido común que cualquier gobierno lo que debería buscar es generar fuentes de trabajo, no destruirlas. Combatir la pobreza y la indigencia, no acrecentarla. Buscar para su pueblo mejores condiciones de vida, no condenarlos a engrosar los bolsones de pobreza urbanos.
Pero está sucediendo increíblemente lo contrario. ¿Será que es un mejor negocio político mantener la situación así?
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Celestino – Clorinda -Formosa -Argentina
Mal que nos pese a los argentinos, las cifras dibujadas por don Moreno (INDEC) son las que están vigentes. En base a ellas se toman recaudos y se adquieren compromisos. No importa el malhumor de los afectados (nacionales y/o extranjeros). Están incluidos los migrantes.
Hace bastante tiempo que al campo no se le da la atención que se merece. El colmo llegó con la venganza de los K. Sin importarles un rábano que al mismo tiempo de urdir para “arrodillarlos” la propia recaudación del Estado merme considerablemente.
El hacinamiento de nuestros compatriotas en las periferias de ciudades importantes son “caldo gordo” para el clientelismo político, porque los mantienen aglomerados para prometerles trabajo, viviendas, bienestar, a sabiendas de que no cumplirán. Por otra parte, sirven para fortalecer el “aplaudiómetro”, acarreo mediante; tan en boga en estos momentos.
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