Por Walter Edgardo Eckart
Es evidente el “conflicto” de “derechos y obligaciones” que se vive en estos últimos tiempos en la sociedad Argentina.
En efecto, los gremios reclaman, con justa razón, por “sus derechos”. Pero también y probablemente con “más razón todavía”, aquellos que viven en la pobreza más degradante piden a gritos ser atendidos en sus necesidades más básicas, como trabajo, alimento, sanidad, ropa, etc.
Ver esto es doloroso, porque aunque todos tengan razón, el derecho de cualquiera termina donde comienza el de los demás.
Sólo para ejemplificar:
Un profesional de la salud tiene “derecho” a protestar con un “paro” para recomponer su salario. Pero al enfermo le asiste el derecho no sólo legal sino profundamente humano de recibir la atención médica necesaria.
Un docente, ciertamente tiene todo el derecho de proceder de la misma forma. Pero también el niño tiene el genuino derecho de ser educado.... con el agravante de que la educación “debida” no es “retroactiva”: los días de clase que perdió no los recupera más aunque pase de grado.
A la luz de esto, la sensación que queda es que, al ser la realidad tan compleja, permanentemente caemos en el vicio de mirar sólo nuestros “legítimos derechos”, pero perdemos la noción de la “jerarquía de males a subsanar”.
En este sentido, desde lo más profundo de lo humano, no es lo mismo el derecho de quien lucha para “mejorar su estándar de vida”, que aquel que lucha “sólo para subsistir o para traerle un pedazo de pan a sus hijos”.
En fin. Pareciera que no sólo las autoridades deben pensar y repensar en esto, sino “todos, como sociedad”, para tratar de descubrir el justo equilibrio.
Hay valores sociales que no se pueden “asesinar”, como es el de la “solidaridad”, que no es otra cosa que la versión “social” de la “caridad cristiana” a nivel individual.
En efecto, los gremios reclaman, con justa razón, por “sus derechos”. Pero también y probablemente con “más razón todavía”, aquellos que viven en la pobreza más degradante piden a gritos ser atendidos en sus necesidades más básicas, como trabajo, alimento, sanidad, ropa, etc.
Ver esto es doloroso, porque aunque todos tengan razón, el derecho de cualquiera termina donde comienza el de los demás.
Sólo para ejemplificar:
Un profesional de la salud tiene “derecho” a protestar con un “paro” para recomponer su salario. Pero al enfermo le asiste el derecho no sólo legal sino profundamente humano de recibir la atención médica necesaria.
Un docente, ciertamente tiene todo el derecho de proceder de la misma forma. Pero también el niño tiene el genuino derecho de ser educado.... con el agravante de que la educación “debida” no es “retroactiva”: los días de clase que perdió no los recupera más aunque pase de grado.
A la luz de esto, la sensación que queda es que, al ser la realidad tan compleja, permanentemente caemos en el vicio de mirar sólo nuestros “legítimos derechos”, pero perdemos la noción de la “jerarquía de males a subsanar”.
En este sentido, desde lo más profundo de lo humano, no es lo mismo el derecho de quien lucha para “mejorar su estándar de vida”, que aquel que lucha “sólo para subsistir o para traerle un pedazo de pan a sus hijos”.
En fin. Pareciera que no sólo las autoridades deben pensar y repensar en esto, sino “todos, como sociedad”, para tratar de descubrir el justo equilibrio.
Hay valores sociales que no se pueden “asesinar”, como es el de la “solidaridad”, que no es otra cosa que la versión “social” de la “caridad cristiana” a nivel individual.