Por el Pbro. Julio Adolfo Kocka. Parroquia del Sragado Corazón. Campo Largo. Diócesis de San Roque. P.Roque Saenz Peña. Chaco.
A todos nos ha tocado pasar por momentos difíciles. Alguien, tal vez, por la “maraña” de cosas negativas que le tocó vivir, cayó –como se dice- en un “cuadro depresivo”, con todas las consecuencias que ello implica a nivel psicológico.
Yo quiero hacer una reflexión breve sobre una cuestión que puede parecerse mucho a una depresión pero que, en realidad, es de carácter espiritual. Se trata de aquello que algunos maestros espirituales han llamado “Desolación”.
Desolación es el nombre que utilizaría para llamar a una “forma especial” del sufrimiento humano, en un contexto donde pareciera que la vida misma se empecina en llevarnos a su encuentro.
En efecto, muchas veces hemos escuchado que al sufrimiento humano se lo llama de distintas maneras: “crisis”, “depresión”, “bajón”, “hundimiento”, “angustia”, “desmoronamiento”; y la lista podría seguir....
Sin embargo, el tipo de sufrimiento humano al que llamo “desolación” es algo más profundo todavía, y puede llegar a límites que aparentemente superan nuestras fuerzas, a tal punto que todo nos daría lo mismo: “vivir que morir”, “amar que no amar”, “luchar que entregarnos derrotados”....
Así pues, la “desolación” no se refiere sólo a las experiencias comunes del dolor humano, como por ejemplo podría ser la natural tristeza por haber perdido “algo” o “a alguien”, sino a una especie de “estado del alma”, donde todo se vuelve oscuro; donde no se siente nada por nadie ni por las cosas que nos rodean; donde no le encontramos sentido ni siquiera a nuestra propia vida y mucho menos a la de los demás, y hasta pareciera que estamos en el mismo infierno.
Las reacciones ante esta realidad, ante este “cúmulo” de sensaciones, son muy distintas, y en algunos llegó a ser fatal.
Normalmente queremos evadirla, escaparle, esquivarla, anestesiarla, insensibilizarnos.
Tomamos decisiones de las que, en la mayoría de las veces, nos arrepentimos.
Algunos –incluso- deciden seguir haciendo las cosas como si nada estuviera pasando. Más todavía: disimulan, para evitar revelar a los demás “algo” que les parece que es el gran fracaso de sus vidas.
En otros casos, huimos buscando consuelos que “no consuelan”, porque pasan y otra vez estamos de frente a la desolación. En efecto, la contención afectiva no suprime esa especie de vacío interior que experimentamos en el tiempo de la desolación.
Esta experiencia nos presenta una verdad: no podemos escapar a la desolación (porque en algún momento se dará en nuestras vidas); pero pareciera –paradójicamente- que es el único camino para llegar a su término opuesto: “La consolación espiritual”, la cual nace “en” y “desde” la desolación.. En este contexto, no existe el “bypass” espiritual, psicológico o humano para saltear esta situación.
Frente a esto pareciera que ya no hay nada por hacer.
Sin embargo, desde el punto de vista espiritual y en cuanto hombres y mujeres de fe, podemos llegar a entender que el gran “misterio” de esta forma de sufrimiento humano consiste en que la “desolación” y la “consolación” están en el “mismo corazón del hombre”; un corazón que sólo es conocido en su totalidad por Dios mismo. Y un Dios que nunca se olvida de que es “Padre”, aunque los hombres muchas veces nos olvidemos que “somos hijos”.
En efecto, nadie puede “consolar “ sino sólo Dios, aunque comúnmente se valga de hechos, acontecimientos o personas concretas (familiares, amigos o conocidos), para que nos encontremos con Su consuelo; un “consuelo” que es mucho más que un sentimiento o equilibrio psico - afectivo, ya que tiene que ver con algo distinto; tiene que ver con esa forma de bienestar espiritual, “paz” interior y serena alegría en el vivir, que sólo Él puede brindarnos, aunque no por ello quedemos exentos de contribuir con nuestro esfuerzo y oración a nuestra “propia cura”.
De este modo, pues y por ahora, podemos terminar diciendo que : “Quien no conoce la desolación no conoce la consolación”; o –dicho de otra manera- “No podemos llegar a la consolación sin pasar por la desolación”.
“Este mundo necesita la consolación de Dios. Este tiempo necesita de profetas que hablen al corazón del hombre: no tengas miedo,…”
Juan Pablo II
Yo quiero hacer una reflexión breve sobre una cuestión que puede parecerse mucho a una depresión pero que, en realidad, es de carácter espiritual. Se trata de aquello que algunos maestros espirituales han llamado “Desolación”.
Desolación es el nombre que utilizaría para llamar a una “forma especial” del sufrimiento humano, en un contexto donde pareciera que la vida misma se empecina en llevarnos a su encuentro.
En efecto, muchas veces hemos escuchado que al sufrimiento humano se lo llama de distintas maneras: “crisis”, “depresión”, “bajón”, “hundimiento”, “angustia”, “desmoronamiento”; y la lista podría seguir....
Sin embargo, el tipo de sufrimiento humano al que llamo “desolación” es algo más profundo todavía, y puede llegar a límites que aparentemente superan nuestras fuerzas, a tal punto que todo nos daría lo mismo: “vivir que morir”, “amar que no amar”, “luchar que entregarnos derrotados”....
Así pues, la “desolación” no se refiere sólo a las experiencias comunes del dolor humano, como por ejemplo podría ser la natural tristeza por haber perdido “algo” o “a alguien”, sino a una especie de “estado del alma”, donde todo se vuelve oscuro; donde no se siente nada por nadie ni por las cosas que nos rodean; donde no le encontramos sentido ni siquiera a nuestra propia vida y mucho menos a la de los demás, y hasta pareciera que estamos en el mismo infierno.
Las reacciones ante esta realidad, ante este “cúmulo” de sensaciones, son muy distintas, y en algunos llegó a ser fatal.
Normalmente queremos evadirla, escaparle, esquivarla, anestesiarla, insensibilizarnos.
Tomamos decisiones de las que, en la mayoría de las veces, nos arrepentimos.
Algunos –incluso- deciden seguir haciendo las cosas como si nada estuviera pasando. Más todavía: disimulan, para evitar revelar a los demás “algo” que les parece que es el gran fracaso de sus vidas.
En otros casos, huimos buscando consuelos que “no consuelan”, porque pasan y otra vez estamos de frente a la desolación. En efecto, la contención afectiva no suprime esa especie de vacío interior que experimentamos en el tiempo de la desolación.
Esta experiencia nos presenta una verdad: no podemos escapar a la desolación (porque en algún momento se dará en nuestras vidas); pero pareciera –paradójicamente- que es el único camino para llegar a su término opuesto: “La consolación espiritual”, la cual nace “en” y “desde” la desolación.. En este contexto, no existe el “bypass” espiritual, psicológico o humano para saltear esta situación.
Frente a esto pareciera que ya no hay nada por hacer.
Sin embargo, desde el punto de vista espiritual y en cuanto hombres y mujeres de fe, podemos llegar a entender que el gran “misterio” de esta forma de sufrimiento humano consiste en que la “desolación” y la “consolación” están en el “mismo corazón del hombre”; un corazón que sólo es conocido en su totalidad por Dios mismo. Y un Dios que nunca se olvida de que es “Padre”, aunque los hombres muchas veces nos olvidemos que “somos hijos”.
En efecto, nadie puede “consolar “ sino sólo Dios, aunque comúnmente se valga de hechos, acontecimientos o personas concretas (familiares, amigos o conocidos), para que nos encontremos con Su consuelo; un “consuelo” que es mucho más que un sentimiento o equilibrio psico - afectivo, ya que tiene que ver con algo distinto; tiene que ver con esa forma de bienestar espiritual, “paz” interior y serena alegría en el vivir, que sólo Él puede brindarnos, aunque no por ello quedemos exentos de contribuir con nuestro esfuerzo y oración a nuestra “propia cura”.
De este modo, pues y por ahora, podemos terminar diciendo que : “Quien no conoce la desolación no conoce la consolación”; o –dicho de otra manera- “No podemos llegar a la consolación sin pasar por la desolación”.
“Este mundo necesita la consolación de Dios. Este tiempo necesita de profetas que hablen al corazón del hombre: no tengas miedo,…”
Juan Pablo II