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martes, 15 de enero de 2008

Aborto y Depenalización

Por Walter Edgardo Eckart

Siendo éste un tema por demás escabroso, un eventual análisis del mismo no sólo requiere de la prudencia sino también de la necesaria objetividad analítica, con bases en el pronunciamiento de la ciencia moderna (médicos, biólogos, biopatólogos, etc.) y, en nuestro caso, el enfoque jurídico general que la ley y la justicia Argentina le dan a la cuestión.

En este contexto, parece conveniente aclarar desde el principio algunos errores conceptuales, vertidos muchas veces en los medios de comunicación.

Por ejemplo:

1. Se suele decir que la cuestión del aborto y su “eventual” despenalización se encuentra –básicamente- con una traba fundamentalmente de carácter "religioso". Esto es cierto sólo parcialmente, pues "el valor de la vida humana" es un valor de carácter "universal”, más allá de cualquier creencia religiosa, y así ponderado no sólo por los tratados internacionales, como el de la Convención de Costa Rica, sino por la propia legislación Argentina, con más los Fallos de la Suprema Corte de Justicia, como por ejemplo, el caso de Sánchez E. B., (sentencia del 22/05/2007), donde “la Corte Suprema tuvo que resolver —con motivo de la reparación demandada por los abuelos del por-nacer— la situación jurídica de esa persona que no pudo nacer con vida. Más allá de las alternativas jurídicas del caso, el Tribunal, en una decisión unánime, afirmó la “personalidad —la humanidad— del feto” y “su calidad de sujeto” cuyos “derechos”, especialmente el de “vivir”, deben ser preferentemente protegidos por el ordenamiento jurídico y por aquellos que tienen la responsabilidad de asegurar la aplicación de la ley: las autoridades públicas...” (1)

2. Normalmente, al tratar la cuestión del aborto en general o la despenalización en particular, se acentúa el valor de la vida de la madre y el derecho que le asiste a que se le practique, eventualmente, "un aborto seguro", dejándose en todo momento la consideración de la vida humana del feto, su legítimo derecho a “vivir”, habitualmente por considerar que éste -el feto- en el tiempo propicio para el aborto todavía no es expresión de "vida humana". Sobre esto, caben algunas preguntas: a) Si el feto, en sus primeros días y semanas, no es “vida humana”, entonces,,, ¿Qué es...?; b) ¿Sería verdad que al principio existe nada más que “una cierta realidad biológica”, pero que sólo llegará a ser un ser humano mucho más tarde?

Bueno... (2) aún a costa de extender este texto, debe decirse que desde que se produce la fecundación mediante la unión del espermatozoide con el óvulo, surge un nuevo ser humano distinto de todos los que han existido, existen y existirán. En ese momento se inicia un proceso vital esencialmente nuevo y diferente a los del espermatozoide y del óvulo, que tiene ya esperanza cierta de vida en plenitud. Desde ese primer instante, la vida del nuevo ser “merece respeto y protección”, porque el desarrollo humano es “un continuo” en el que “no hay saltos cualitativos”, sino “la progresiva realización de ese destino personal”. Todo intento de distinguir entre el no nacido y el nacido en relación con su condición humana carece de fundamento.
Por otra parte, desde que se forma el nuevo patrimonio genético con la fecundación existe un ser humano al que sólo le hace falta desarrollarse y crecer para convertirse en adulto. A partir de la “fecundación” se produce un “desarrollo continuo en el nuevo individuo de la especie humana”, pero en este desarrollo nunca se da un cambio cualitativo que permita afirmar que primero no existía un ser humano y después, sí. Este cambio cualitativo únicamente ocurre en la fecundación, y a partir de entonces el nuevo ser, en interacción con la madre, sólo precisa de factores externos para llegar a adulto: oxígeno, alimentación y paso del tiempo. El resto está ya en él desde el principio.
Además, la ciencia demuestra rotundamente que el ser humano recién concebido es el mismo, y no otro, que el que después se convertirá en bebé, en niño, en joven, en adulto y en anciano. El aspecto que presenta varía según su fase de desarrollo. Y así, en la vida intrauterina primero es un embrión pre-implantado (hasta la llamada anidación, unos 12-14 días después de la fecundación, en que cabe la posibilidad de que de un mismo óvulo fecundado surjan gemelos); después es un embrión hasta que se forman todos sus órganos; luego, mientras éstos van madurando, un feto, hasta formarse el bebé tal como nace. Y después continúa el mismo proceso de crecimiento y maduración, y más tarde se produce el inverso de decadencia hasta la muerte.
Por eso no tiene sentido decir que un niño proviene de un feto, sino que él mismo fue antes un feto, del mismo modo que un adulto no proviene de un niño, sino que antes fue niño, y siempre es el mismo ser humano, desde el principio. Y tan absurdo sería defender que el hijo recién concebido no es un ser humano porque no tiene aspecto de niño, como suponer que el niño no es un ser humano porque no tiene el aspecto externo del adulto.
Asimismo, con los actuales conocimientos genéticos, es indudable que cada ser es lo que es desde el momento de la fecundación. De la unión de gametos vegetales sólo sale un vegetal; de gametos animales no racionales, por ejemplo un chimpancé, sólo sale otro chimpancé, y de la unión de gametos humanos se crea un nuevo ser de la especie humana, que es tal desde el principio, pues así lo determina su patrimonio genético específicamente humano.
Ahora bién: cabría otra pregunta: “Si existe un ser humano desde la fecundación, ¿por qué los científicos se refieren a él con términos varios según su fase de desarrollo: cigoto, mórula, blastocisto, embrión, feto?”
La respuesta es, en realidad, sencilla: porque la vida de un ser humano es un largo proceso que se inicia cuando de dos gametos, uno masculino y otro femenino, surge una realidad claramente distinta: el nuevo ser humano, fruto de la fecundación, quien en las distintas etapas de su desarrollo recibe nombres distintos: el cigoto es la primera célula que resulta de la fusión de las células masculina y femenina. Tras unas primeras divisiones celulares, este ser humano recibe el nombre de mórula, en la que pronto aparecerá una diferenciación entre las células que formarán el embrión (lo que hemos llamado embrión preimplantado, y que algunos llaman preembrión) y las destinadas a formar la placenta. En esta nueva fase, el ser humano se llama blastocisto, y anidará en la pared del útero de su madre. Después se irán diferenciando sus órganos, unos antes que otros, durante todo el período embrionario, al tiempo que la placenta se desarrolla por completo.
El embrión se llamará entonces feto, y continuará su crecimiento mientras se produce la maduración funcional de sus órganos hasta que, en un momento dado, nacerá y se llamará neonato, recién nacido. Y este proceso único, que se ha desarrollado suavemente, sin cambios bruscos, continúa después del nacimiento, y el neonato se hace niño; el niño, adolescente; el adolescente, joven; el joven, adulto y el adulto, anciano. Todos éstos son los nombres que distinguen las etapas de la vida de un solo ser que surgió con la fecundación y que será el mismo hasta que muera, aunque su apariencia externa sea muy diferente en una u otra fase.
En este mismo contexto, quienes argumentan que el “hijo no nacido” es una parte del cuerpo de la madre, por lo cual se arrogan el derecho de decidir sobre el “no nacido”, no tienen ningún fundamento en absoluto. La realidad demuestra categóricamente que el hijo es un ser por completo distinto de su madre, que se desarrolla y reacciona por su cuenta, aunque la dependencia de su madre sea muy intensa, dependencia que, por cierto, continúa mucho tiempo después del nacimiento. Ni siquiera forman parte del cuerpo de la madre la placenta, el cordón umbilical o el líquido amniótico, sino que estos órganos “los ha generado el hijo desde su etapa de cigoto” porque le son necesarios para sus primeras fases de desarrollo, y los abandona al nacer, de modo semejante a como, varios años después del nacimiento, abandona los dientes de leche cuando ya no le son útiles para seguir creciendo.
Por tanto, pretender que el hijo forma parte del cuerpo de la madre no es, en el mejor de los casos, más que una muestra de absoluta ignorancia.
Por último,y sólo a modo ilustrativo, conviene mostrar en qué momentos de su vida intrauterina va desarrollando el hijo no nacido sus distintos órganos y funciones.
· A las dos semanas se inicia el desarrollo del sistema nervioso.
· A las tres semanas de vida empieza a diferenciarse el cerebro, aparecen esbozos de lo que serán las piernas y los brazos y el corazón inicia sus latidos.
· A las cuatro semanas ya empiezan a formarse los ojos.
· A las seis semanas la cabeza tiene su forma casi definitiva, el cerebro está muy desarrollado, comienzan a formarse manos y pies, y muy pronto aparecerán las huellas dactilares, las que tendrá toda su vida.
· A las ocho semanas el estómago comienza la secreción gástrica; aparecen las uñas.
· A las nueve semanas se perfecciona el funcionamiento del sistema nervioso: reacciona a los estímulos y detecta sabores, pues se ha comprobado que si se endulza el líquido amniótico -en el que vive nadando dentro del vientre materno- ingiere más, mientras que si se sala o se acidula, lo rechaza.
· A las once semanas ya se chupa el dedo, lo que puede verse perfectamente en una ecografía.
La mayor parte de los órganos están completamente formados al final de la duodécima semana, y casi todos ellos funcionarán ya en la segunda mitad de la vida intrauterina. Pero hay cambios que no se producirán más que después de nacer: la primera dentición sólo aparece seis meses después del nacimiento, los dientes definitivos lo hacen hacia los siete años y algunas veces las últimas muelas no salen hasta bien avanzada la edad adulta. La pubertad, con todos sus cambios anatómicos y fisiológicos, acaece en la segunda década de la vida, y la capacidad reproductora en la mujer se inicia poco después de la pubertad y cesa en el climaterio. Es decir, la vida es un proceso único, que empieza en la fecundación y no se detiene hasta la muerte, con sus etapas evolutivas e involutivas. Así, la vida de la madre como la del no nacido revisten la misma jerarquía y el mismo conjunto de derechos, sin que ninguno de los dos esté por encima del otro.
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(1) Rodolfo Barra, Ex ministro de Justicia y ex miembro de la Corte Suprema, Clarín 14/07/2007
(2) Tomado www. Aciprensa.com, el 14/01/08