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lunes, 22 de diciembre de 2008

La Argentina en tiempos de Navidad


Por Walter Edgardo Eckart*

Ya desde finales de noviembre, la gradual preparación de la sociedad a las próximas festividades, dejaba traslucir cómo sería este fin de año. Y pareciera que sobresalieron como tres elementos básicos: el enojo por un ataque sistemático a la “dignidad” del pueblo, algunas esperanzas para el 2009, y una mayor y preocupada atención por lo que hace tanto el gobierno nacional como el provincial.

Creo que el ánimo social de alguna forma gritó que estas fiestas no serían las normales, que no serían las de siempre, por expresarlo de algún modo. Más bien, serían festividades menguadas en sus riquezas y significados, por tantas cosas desgraciadas que se vivieron en el país y el mundo (algunas lindando con la tragedia), a lo largo del 2008. Algo parecido en un sentido, pero distinto en otro, a lo vivido entre finales del 2001 y gran parte del 2002.


El enojo por el ataque a la dignidad es comprensible. Un pueblo puede soportar muchas cosas. Pero cuando siente que es tomado por tonto, por discursos o acciones que lo hacen sentir un infante, se “indigna”, es decir, se pone a la defensiva porque percibe que le quieren quitar lo más íntimo, eso que precisamente llamamos dignidad; y se vuelve más descreído respecto de la clase dirigente y del mundo del poder, y si tiene que protestar, lo hace y, aunque algunas veces, para desgracia, lo hace mal.

El matrimonio Kirchner, desde el poder central, y varios gobernadores desde sus provincias, han contribuido grandemente a la indignación popular.

Desde la obsesión por mantener y justificar las mentiras de Indec, el innecesario y totalmente evitable conflicto con el campo, la verborragia de los anuncios oficiales (que no se cumplieron o se cumplieron sólo en parte), la situación real del empleo, del aumento real de la pobreza, de la droga, de la inseguridad, hasta los casos de corrupción (hoy denunciados y de conocimiento público).... si todo esto (y tantas otras cosas más), no indignara a un pueblo, no lo sacudiera, entonces este ya no sería tal, y en poco se diferenciaría de un rejuntado de siervos, resignado a aceptar cualquier cosa, sin igualdad, sin libertad, y sin dignidad.

Pero así como es entendible la indignación, también se comprende los fundamentos de la esperanza social.

Recuerdo una frase que al respecto dijo el escritor inglés Samuel Johnson (1709-1784), cuando en un contexto social sumamente controvertido, confesó que “....es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción...”

Y el pueblo argentino, por sus cimientos culturales, por su fe y por tantas otras cosas, es un pueblo de esperanza. Y sobre este fin de año tiene, además, algunos signos esperanzadores en relación a lo político y a lo social, aunque seguramente también es consciente de que el 2009 probablemente sea un año duro, tal vez especialmente en lo económico.
Por ejemplo: la sociedad sabe que tiene una oportunidad sobre finales del próximo año de cambiar, al menos en parte y a través del voto, a aquellos que considere dañinos o no adecuados para la suerte del país y para la suerte de sus familias.
Sabe, también, que hay un oposición que se está amalgamando (con sus defectos y virtudes), para trabajar no necesariamente para las elecciones, sino principalmente para la labor parlamentaria del 2009, en búsqueda, entre otras cosas, de favorecer la paz social, el afianzamiento de lo institucional, de lo federal, y la implementación de políticas no improvisadas ni carentes del sentido común.

Por último, creo que si al 2001-2002 siguió una especie de apatía generalizada por lo político, por estos días (y ojalá en los que vengan), parecería haberse recuperado, al menos en parte, el interés del pueblo por saber qué hace y qué no el gobierno central, qué hace o no su gobernador o intendente; qué hay de cierto en lo que se promete y cuánto puede haber de mentira; cómo se comportan realmente los sectores de la oposición, etc. Y esta actitud, en sí misma, sería un signo más de esperanza, porque implicaría una especie de nuevo despertar de la conciencia cívica, tal vez demasiado adormilada hasta hace unos cuantos meses atrás.