Por Walter Edgardo Eckart
Si un visitante “imparcial”, ajeno al país pero con conocimiento cierto de lo pasa en el, se decidiera simplemente a observar a la gente, como quien mira desde una panorámica, sólo para analizar las “conductas prácticas” de las personas en el plano familiar, en el de la amistad, en el religioso, en el social, en el político y algunos más, seguramente detectaría, entre otros, dos fenómenos antagónicos en entre si: el de el “individualismo” y el de “solidaridad”.
Estos conceptos, por ser repetidos livianamente tan a menudo, se han transformado, prácticamente, en palabras gastadas, casi sin contenido.
Y sin embargo, desde una perspectiva sociológica, la observación de la mezcla de ambos, devela –muchas veces- la “madera” de una sociedad; es decir, saca a la luz “aquello de lo que realmente está hecho un pueblo”.
El individualismo, por ejemplo, es una especie de “concepción de la vida”, donde la personas se preocupan sólo por sí mismas o, cuando más, por los miembros más inmediatos de sus familias. No es que “pierdan de vista” a la gente del barrio, de la ciudad, de la provincia o el país. Simplemente no les interesa, y ello no les causa ninguna molestia de conciencia. Es como que se razona diciendo cosas como: ¿Qué puedo hacer?; Y a mí, ¿Quién me ayuda?; ¡Si quieren comer, que trabajen, porque aquí el que realmente quiere sabe encontrar trabajo!; Si les va mal en su negocio o su empleo, por algo ha de ser...que se la aguanten; etc.
Pero además, el individualismo, voraz en la búsqueda del propio confort, el progreso económico y el obsesivo resguardo de la “apariencia”, cuando llega a un nivel extremo, traiciona viejas amistades e incluso a los propios vínculos de sangre: Hijos que ignoran o desatienden a sus padres ancianos; hermanos que enlodan lo que son, por aberrantes disputas económicas; emprendimientos laborales de amigos, donde el que es más astuto se las ingenia para desplazar al otro cuando ya no lo necesita, etc.
Lo mismo en el plano social: líderes sociales, gremiales o políticos, que “usan” a sus seguidores, utilizando desde la mentira hasta cualquier tipo de ardid, aún los más descabellados, con tal de obtener alguna porción de la “torta”, consista esta en mayor lucro, mejor imagen, mejores perspectivas eleccionarias, o lo que sea.
Y la “solidaridad” es exactamente lo opuesto. El cristianismo la entiende como la “versión social de la caridad”; y parte de otra lógica y convicción: poco o mucho, pero siempre “algo” se puede hacer, viva uno en la abundancia o en la escasez; goce o no de buena fama; etc.. Es una actitud distinta. La persona solidaria no se cree una especie de “héroe salvador”. Sólo se limita, dentro de sus posibilidades, a asumir todas las realidades de su tierra, y obra con generosidad de espíritu pero al mismo tiempo con realismo, tratando de conjugar el dolor (propio o ajeno) con la esperanza. Y trata de agotar todos los medios para contribuir: desde una “gauchada” puntual a alguien, hasta la corrección con la que emitirá su próximo sufragio, pasando por cientos de ejemplos más que se podrían nombrar.
Argentina solía ser solidaria. En su origen, el famoso “crisol de razas” que la distinguió pareció favorecer este rasgo, que por décadas la enalteció en cuanto a su calidad humana.
Tal vez hoy, cuando ya no se sabe como calificar el extremo al que ha llegado la corrupción, cuando no se entiende a quienes han coronado a la mentira como reina del éxito, y así tantos otros males,...tal vez hoy, decía, pueda parecer que el individualismo esté ganado la batalla, y entonces todo nos pueda presentar un panorama sombrío y sin salida.
Pero uno espera, a lo mejor con algo de ingenuidad, que sea solo eso: una batalla perdida; pero confiando, al mismo tiempo, en la reacción progresiva del pueblo, donde la “buena madera”, que en otros tiempos nos distinguió, finalmente.... gane la guerra.
Si un visitante “imparcial”, ajeno al país pero con conocimiento cierto de lo pasa en el, se decidiera simplemente a observar a la gente, como quien mira desde una panorámica, sólo para analizar las “conductas prácticas” de las personas en el plano familiar, en el de la amistad, en el religioso, en el social, en el político y algunos más, seguramente detectaría, entre otros, dos fenómenos antagónicos en entre si: el de el “individualismo” y el de “solidaridad”.
Estos conceptos, por ser repetidos livianamente tan a menudo, se han transformado, prácticamente, en palabras gastadas, casi sin contenido.
Y sin embargo, desde una perspectiva sociológica, la observación de la mezcla de ambos, devela –muchas veces- la “madera” de una sociedad; es decir, saca a la luz “aquello de lo que realmente está hecho un pueblo”.
El individualismo, por ejemplo, es una especie de “concepción de la vida”, donde la personas se preocupan sólo por sí mismas o, cuando más, por los miembros más inmediatos de sus familias. No es que “pierdan de vista” a la gente del barrio, de la ciudad, de la provincia o el país. Simplemente no les interesa, y ello no les causa ninguna molestia de conciencia. Es como que se razona diciendo cosas como: ¿Qué puedo hacer?; Y a mí, ¿Quién me ayuda?; ¡Si quieren comer, que trabajen, porque aquí el que realmente quiere sabe encontrar trabajo!; Si les va mal en su negocio o su empleo, por algo ha de ser...que se la aguanten; etc.
Pero además, el individualismo, voraz en la búsqueda del propio confort, el progreso económico y el obsesivo resguardo de la “apariencia”, cuando llega a un nivel extremo, traiciona viejas amistades e incluso a los propios vínculos de sangre: Hijos que ignoran o desatienden a sus padres ancianos; hermanos que enlodan lo que son, por aberrantes disputas económicas; emprendimientos laborales de amigos, donde el que es más astuto se las ingenia para desplazar al otro cuando ya no lo necesita, etc.
Lo mismo en el plano social: líderes sociales, gremiales o políticos, que “usan” a sus seguidores, utilizando desde la mentira hasta cualquier tipo de ardid, aún los más descabellados, con tal de obtener alguna porción de la “torta”, consista esta en mayor lucro, mejor imagen, mejores perspectivas eleccionarias, o lo que sea.
Y la “solidaridad” es exactamente lo opuesto. El cristianismo la entiende como la “versión social de la caridad”; y parte de otra lógica y convicción: poco o mucho, pero siempre “algo” se puede hacer, viva uno en la abundancia o en la escasez; goce o no de buena fama; etc.. Es una actitud distinta. La persona solidaria no se cree una especie de “héroe salvador”. Sólo se limita, dentro de sus posibilidades, a asumir todas las realidades de su tierra, y obra con generosidad de espíritu pero al mismo tiempo con realismo, tratando de conjugar el dolor (propio o ajeno) con la esperanza. Y trata de agotar todos los medios para contribuir: desde una “gauchada” puntual a alguien, hasta la corrección con la que emitirá su próximo sufragio, pasando por cientos de ejemplos más que se podrían nombrar.
Argentina solía ser solidaria. En su origen, el famoso “crisol de razas” que la distinguió pareció favorecer este rasgo, que por décadas la enalteció en cuanto a su calidad humana.
Tal vez hoy, cuando ya no se sabe como calificar el extremo al que ha llegado la corrupción, cuando no se entiende a quienes han coronado a la mentira como reina del éxito, y así tantos otros males,...tal vez hoy, decía, pueda parecer que el individualismo esté ganado la batalla, y entonces todo nos pueda presentar un panorama sombrío y sin salida.
Pero uno espera, a lo mejor con algo de ingenuidad, que sea solo eso: una batalla perdida; pero confiando, al mismo tiempo, en la reacción progresiva del pueblo, donde la “buena madera”, que en otros tiempos nos distinguió, finalmente.... gane la guerra.