Por Maxmiliano Montenegro.*
Pese a que los discursos de Cristina hablan de una Argentina aislada del planeta, en la Casa Rosada saben que soplan vientos huracanados, muy distintos de las brisas que en los últimos cinco años refrescaron la era dorada del kirchnerismo. El descalabro financiero de Estados Unidos y el efecto dominó sobre los bancos europeos traspasaron el muro de las finanzas para golpear a la economía real. Aunque el megasalvataje aprobado ayer por el Capitolio tal vez calme la histeria de Wall Street, Estados Unidos y buena parte del mundo desarrollado caminan hacia la recesión.
El cambio de clima se sentirá por diversos frentes. Menores precios internacionales para las exportaciones, caída del crédito, suba de las tasas de interés, devaluación en Brasil, recesión mundial, expectativas desalentadoras de empresarios y consumidores, menos oferta de dólares, cuentas fiscales más apretadas son elementos que convergirán en una desaceleración del nivel de actividad en el mercado interno. ¿Cómo procesarán la política y la sociedad el nuevo escenario económico? ¿Cómo encarará el kirchnerismo los tiempos de austeridad, después de tantos años de cosechar los frutos de una economía en expansión? ¿Cómo se alinearán gobernadores e intendentes si la chequera K se queda sin fondos? ¿Informará el INDEC si la desocupación aumenta, justo en el año electoral? Son interrogantes, por ahora, sin respuesta.
POROTO. La caída en picada del precio de la soja y de otras materias primas obliga a revisar las cuentas fiscales. Desde julio, cuando alcanzó el máximo de U$S 602 la tonelada, la cotización de la soja bajó casi 40%. En el Ministerio de Economía creen que semejante caída se explica por la salida de fondos especulativos que este año habían apostado a las commodities como una inversión financiera más y ahora huyen en manada para cubrir otras posiciones.
Pero aún si el poroto rebotara contra el piso –por la demanda asiática y los biocombustibles– y se estabilizara en los U$S 360 de esta semana, el Gobierno dejaría de recaudar, en relación con los valores promedio de este año, unos 7.000 millones de pesos en 2009. En ese caso, el escenario no sería dramático, porque la cotización se ubica todavía un 25% arriba del valor promedio de 2007. Pero exigirá pisar el freno en el gasto público, que creció al ritmo del boom sojero.
En septiembre, la encuesta de la Universidad Di Tella revela una disminución en la demanda de trabajadores por parte de las empresas. La merma en la recaudación también se percibirá por el ajuste del consumo, ya sea por la escasez de crédito, menos empleo o porque la inflación licuó el poder de compra de los salarios.
CAMBIO DE PLANES. Ante el nuevo escenario, Néstor Kirchner dejó en claro que la prioridad será “cuidar la caja fiscal”, que junto a las reservas en el Banco Central son para el ex presidente dos condiciones necesarias para garantizar la gobernabilidad. Bajo esa premisa se tomarán las decisiones de los próximos meses.
El compromiso que dejó trascender el Gobierno de un aumento de jubilaciones de entre el 8 y el 10% antes de fin de año será reformulado. Se transformará en una suma fija, por única vez, para no recargar las cuentas del año electoral.
Lo más probable es que sea un doble aguinaldo: al tradicional de diciembre (las jubilaciones se cobran sobre el mes en curso) se le sumaría otro en enero. De esta manera, el costo fiscal ascendería a 1.800 millones de pesos. En cambio, un aumento de 10% para los jubilados implicaría un gasto adicional para el año próximo de alrededor de 5.500 millones.
En el flanco fiscal, el Gobierno prevé otras dos medidas para realinear el gasto público a una recaudación no tan pujante como la de este año. Por un lado, recortará subsidios energéticos a medida que avance el descongelamiento de tarifas de luz y gas. Por el otro, ya se oyen, por ahora en privado, las quejas de intendentes porque no les llegan los fondos para financiar obras que anunciaron junto a Cristina en mediáticos actos en el conurbano.
La caída del precio de las commodities significará también una menor oferta de divisas. En el último año, todo el excedente de dólares que ingresó por las cuentas del comercio exterior se fugó a cajas de seguridad, colchones o cuentas en el exterior de empresas y particulares. Si el Gobierno no logra frenar el proceso de dolarización, en el futuro las reservas del Banco Central empezarán a declinar.
Por eso, ya está decidido que el anuncio del pago al Club de París con reservas quede congelado hasta nuevo aviso. En el mejor de los casos, según la evolución de la coyuntura, recién hacia fin de año podría ofrecerse la cancelación en cómodas cuotas.
En segundo lugar, se estudia un blanqueo de capitales. En las últimas semanas, argentinos con cuentas en el exterior, asustados por el colapso de los bancos del Primer Mundo, retornaron sus dólares al país, pero sin ingresarlos al sistema financiero. La idea sería que los volcaran, sin punitorios, a comprar viviendas o a adquirir títulos públicos.
Tercero, se elevarían aranceles de importación, no sólo para proteger a la producción local frente a una avalancha de saldos importados, sino también como forma de ahorrar divisas y mejorar la recaudación.
Cuarto, se buscará ampliar la operación de canje de deuda propuesta por tres bancos internacionales para despejar los vencimientos de deuda del año próximo. Los bancos se comprometieron a aportar un piso de 3.500 millones de dólares en fondos frescos, que podrían apuntalar las reservas del Central.
FANTASMAS DEL PASADO. Si el derrumbe de Wall Street hubiera encontrado a la Argentina “haciendo los deberes” que exigían los banqueros de la Gran Manzana para gozar del acceso a los mercados de capitales, tal vez ya no quedarían en el país bancos en pie ni dólares que comprar. Rusia y Brasil fueron en los últimos años los destinos favoritos de los inversores financieros que timbeaban en el mundo emergente y hoy soportan una fuga de capitales que amenaza a sus sistemas bancarios.
Después de la fuerte apreciación del real de los últimos años –forzada por una lluvia de fondos del exterior– en dos meses el dólar en Brasil subió casi 30% (de 1,55 reales a 2 reales). ¿Alguien se imagina el impacto que una escalada semejante hubiera originado en las expectativas de los ahorristas argentinos?
A diferencia de crisis anteriores, la actual encuentra a la Argentina con números de la macroeconómica muy distintos. Según el Estudio Bein, actualmente la cuenta corriente del balance de pagos muestra un superávit de 2,5 puntos del PBI, mientras que en la época previa al debacle de la convertibilidad arrojaba un déficit de 2,9% del producto. Traducido: el superávit comercial (exportaciones menos importaciones), descontado el pago de servicios financieros al exterior, arroja un saldo favorable de dólares “genuinos” que ingresan al país. En el pasado, en cambio, el rojo del sector externo se financiaba con endeudamiento público y privado. Finalmente, el Estado cuenta con un superávit fiscal operativo de 3,4% del PBI, suficiente para pagar los intereses de la deuda y afrontar incluso algunos vencimientos de capital. En 2001, el superávit primario ni siquiera alcanzaba para cancelar un tercio de los intereses. Todo se tapaba con más deuda, hasta que el chorro se cortó.
Con datos como los anteriores, es difícil pronosticar un escenario explosivo en el corto plazo. Como escribe Mark Weisbrot, un economista norteamericano muy citado por colegas heterodoxos, no hay espacio para los escenarios Chicken Little (el pollito de película que lucha para evitar el apocalipsis), con que asustaban antes de ser despedidos los gurúes de Wall Street. En un paper titulado “Argentina: la crisis que no es”, Weisbrot dice que a la Argentina sólo le restarían por cubrir el año próximo vencimientos de deuda por U$S 2.100 millones, que podrían cancelarse sin problemas con reservas. “Al contrario de las historias de terror que se cuentan sobre la Argentina, la situación actual no tiene casi nada en común con la de 2001”, concluye. Lo único que no le permite sentenciar, en términos absolutos, que no hay punto de comparación con el pasado es que la Argentina todavía está poblada por argentinos.
MADRE DE CORRIDAS. Paul Krugman escribió ayer en su post que tanto él como su amigo, el Nobel de Economía Joseph Stiglitz, coinciden en que el salvataje financiero que aprobó el Capitolio implicará una pesada factura para la próxima administración y que está mal armado. “Pero era mejor que no hacer nada”, asegura. Somos “la banda de los que se tapan la nariz” (“The hold your nose caucus”), admite. En cambio, Nouriel Roubini, el economista de la Universidad de Nueva York que advirtió hace dos años sobre la burbuja de la era Bush, no cree que el rescate sirva para algo, y expresa sin vueltas su oposición. Para Roubini, “el sistema financiero y las corporaciones norteamericanas están en paro cardíaco” y alerta sobre el riesgo de que se desate “la madre de todas las corridas” sobre los bancos comerciales en Estados Unidos. Esto recién empieza.
*FUENTE: Crítica de la Argentina – 04/10/2008
Pese a que los discursos de Cristina hablan de una Argentina aislada del planeta, en la Casa Rosada saben que soplan vientos huracanados, muy distintos de las brisas que en los últimos cinco años refrescaron la era dorada del kirchnerismo. El descalabro financiero de Estados Unidos y el efecto dominó sobre los bancos europeos traspasaron el muro de las finanzas para golpear a la economía real. Aunque el megasalvataje aprobado ayer por el Capitolio tal vez calme la histeria de Wall Street, Estados Unidos y buena parte del mundo desarrollado caminan hacia la recesión.
El cambio de clima se sentirá por diversos frentes. Menores precios internacionales para las exportaciones, caída del crédito, suba de las tasas de interés, devaluación en Brasil, recesión mundial, expectativas desalentadoras de empresarios y consumidores, menos oferta de dólares, cuentas fiscales más apretadas son elementos que convergirán en una desaceleración del nivel de actividad en el mercado interno. ¿Cómo procesarán la política y la sociedad el nuevo escenario económico? ¿Cómo encarará el kirchnerismo los tiempos de austeridad, después de tantos años de cosechar los frutos de una economía en expansión? ¿Cómo se alinearán gobernadores e intendentes si la chequera K se queda sin fondos? ¿Informará el INDEC si la desocupación aumenta, justo en el año electoral? Son interrogantes, por ahora, sin respuesta.
POROTO. La caída en picada del precio de la soja y de otras materias primas obliga a revisar las cuentas fiscales. Desde julio, cuando alcanzó el máximo de U$S 602 la tonelada, la cotización de la soja bajó casi 40%. En el Ministerio de Economía creen que semejante caída se explica por la salida de fondos especulativos que este año habían apostado a las commodities como una inversión financiera más y ahora huyen en manada para cubrir otras posiciones.
Pero aún si el poroto rebotara contra el piso –por la demanda asiática y los biocombustibles– y se estabilizara en los U$S 360 de esta semana, el Gobierno dejaría de recaudar, en relación con los valores promedio de este año, unos 7.000 millones de pesos en 2009. En ese caso, el escenario no sería dramático, porque la cotización se ubica todavía un 25% arriba del valor promedio de 2007. Pero exigirá pisar el freno en el gasto público, que creció al ritmo del boom sojero.
En septiembre, la encuesta de la Universidad Di Tella revela una disminución en la demanda de trabajadores por parte de las empresas. La merma en la recaudación también se percibirá por el ajuste del consumo, ya sea por la escasez de crédito, menos empleo o porque la inflación licuó el poder de compra de los salarios.
CAMBIO DE PLANES. Ante el nuevo escenario, Néstor Kirchner dejó en claro que la prioridad será “cuidar la caja fiscal”, que junto a las reservas en el Banco Central son para el ex presidente dos condiciones necesarias para garantizar la gobernabilidad. Bajo esa premisa se tomarán las decisiones de los próximos meses.
El compromiso que dejó trascender el Gobierno de un aumento de jubilaciones de entre el 8 y el 10% antes de fin de año será reformulado. Se transformará en una suma fija, por única vez, para no recargar las cuentas del año electoral.
Lo más probable es que sea un doble aguinaldo: al tradicional de diciembre (las jubilaciones se cobran sobre el mes en curso) se le sumaría otro en enero. De esta manera, el costo fiscal ascendería a 1.800 millones de pesos. En cambio, un aumento de 10% para los jubilados implicaría un gasto adicional para el año próximo de alrededor de 5.500 millones.
En el flanco fiscal, el Gobierno prevé otras dos medidas para realinear el gasto público a una recaudación no tan pujante como la de este año. Por un lado, recortará subsidios energéticos a medida que avance el descongelamiento de tarifas de luz y gas. Por el otro, ya se oyen, por ahora en privado, las quejas de intendentes porque no les llegan los fondos para financiar obras que anunciaron junto a Cristina en mediáticos actos en el conurbano.
La caída del precio de las commodities significará también una menor oferta de divisas. En el último año, todo el excedente de dólares que ingresó por las cuentas del comercio exterior se fugó a cajas de seguridad, colchones o cuentas en el exterior de empresas y particulares. Si el Gobierno no logra frenar el proceso de dolarización, en el futuro las reservas del Banco Central empezarán a declinar.
Por eso, ya está decidido que el anuncio del pago al Club de París con reservas quede congelado hasta nuevo aviso. En el mejor de los casos, según la evolución de la coyuntura, recién hacia fin de año podría ofrecerse la cancelación en cómodas cuotas.
En segundo lugar, se estudia un blanqueo de capitales. En las últimas semanas, argentinos con cuentas en el exterior, asustados por el colapso de los bancos del Primer Mundo, retornaron sus dólares al país, pero sin ingresarlos al sistema financiero. La idea sería que los volcaran, sin punitorios, a comprar viviendas o a adquirir títulos públicos.
Tercero, se elevarían aranceles de importación, no sólo para proteger a la producción local frente a una avalancha de saldos importados, sino también como forma de ahorrar divisas y mejorar la recaudación.
Cuarto, se buscará ampliar la operación de canje de deuda propuesta por tres bancos internacionales para despejar los vencimientos de deuda del año próximo. Los bancos se comprometieron a aportar un piso de 3.500 millones de dólares en fondos frescos, que podrían apuntalar las reservas del Central.
FANTASMAS DEL PASADO. Si el derrumbe de Wall Street hubiera encontrado a la Argentina “haciendo los deberes” que exigían los banqueros de la Gran Manzana para gozar del acceso a los mercados de capitales, tal vez ya no quedarían en el país bancos en pie ni dólares que comprar. Rusia y Brasil fueron en los últimos años los destinos favoritos de los inversores financieros que timbeaban en el mundo emergente y hoy soportan una fuga de capitales que amenaza a sus sistemas bancarios.
Después de la fuerte apreciación del real de los últimos años –forzada por una lluvia de fondos del exterior– en dos meses el dólar en Brasil subió casi 30% (de 1,55 reales a 2 reales). ¿Alguien se imagina el impacto que una escalada semejante hubiera originado en las expectativas de los ahorristas argentinos?
A diferencia de crisis anteriores, la actual encuentra a la Argentina con números de la macroeconómica muy distintos. Según el Estudio Bein, actualmente la cuenta corriente del balance de pagos muestra un superávit de 2,5 puntos del PBI, mientras que en la época previa al debacle de la convertibilidad arrojaba un déficit de 2,9% del producto. Traducido: el superávit comercial (exportaciones menos importaciones), descontado el pago de servicios financieros al exterior, arroja un saldo favorable de dólares “genuinos” que ingresan al país. En el pasado, en cambio, el rojo del sector externo se financiaba con endeudamiento público y privado. Finalmente, el Estado cuenta con un superávit fiscal operativo de 3,4% del PBI, suficiente para pagar los intereses de la deuda y afrontar incluso algunos vencimientos de capital. En 2001, el superávit primario ni siquiera alcanzaba para cancelar un tercio de los intereses. Todo se tapaba con más deuda, hasta que el chorro se cortó.
Con datos como los anteriores, es difícil pronosticar un escenario explosivo en el corto plazo. Como escribe Mark Weisbrot, un economista norteamericano muy citado por colegas heterodoxos, no hay espacio para los escenarios Chicken Little (el pollito de película que lucha para evitar el apocalipsis), con que asustaban antes de ser despedidos los gurúes de Wall Street. En un paper titulado “Argentina: la crisis que no es”, Weisbrot dice que a la Argentina sólo le restarían por cubrir el año próximo vencimientos de deuda por U$S 2.100 millones, que podrían cancelarse sin problemas con reservas. “Al contrario de las historias de terror que se cuentan sobre la Argentina, la situación actual no tiene casi nada en común con la de 2001”, concluye. Lo único que no le permite sentenciar, en términos absolutos, que no hay punto de comparación con el pasado es que la Argentina todavía está poblada por argentinos.
MADRE DE CORRIDAS. Paul Krugman escribió ayer en su post que tanto él como su amigo, el Nobel de Economía Joseph Stiglitz, coinciden en que el salvataje financiero que aprobó el Capitolio implicará una pesada factura para la próxima administración y que está mal armado. “Pero era mejor que no hacer nada”, asegura. Somos “la banda de los que se tapan la nariz” (“The hold your nose caucus”), admite. En cambio, Nouriel Roubini, el economista de la Universidad de Nueva York que advirtió hace dos años sobre la burbuja de la era Bush, no cree que el rescate sirva para algo, y expresa sin vueltas su oposición. Para Roubini, “el sistema financiero y las corporaciones norteamericanas están en paro cardíaco” y alerta sobre el riesgo de que se desate “la madre de todas las corridas” sobre los bancos comerciales en Estados Unidos. Esto recién empieza.
*FUENTE: Crítica de la Argentina – 04/10/2008
