Por Jorge Lanata *
Hace mil años, en el ochenta y pico, cuando éramos jóvenes e inmortales, decidimos comprar una revista y gestionarla. La revista era el mensuario El Porteño y la "empresa" se llamó Cooperativa de Periodistas Independientes, un grupo de periodistas en algunos casos (como el mío) bastante ignotos y también de la generación anterior a la nuestra (Osvaldo Soriano, Eva Giberti y Miguel Briante, entre otros). La aventura de editar, por primera vez, una revista, se sumaba al vértigo caótico de las asambleas: éramos víctimas de nuestra propia ingenuidad, pensábamos que una cooperativa debía vivir en estado de discusión, y cada mes, cada ejemplar, se discutían los contenidos entre treinta personas. A nadie se le ocurrió lo lógico: nombrar a las autoridades por un año y dejarlos trabajar tranquilos para luego, eventualmente, removerlos.
Yo era, en ese caos, el jefe de redacción. Pero aquel estado de koljós embrionario (así se llamaban las granjas colectivas soviéticas establecidas en 1928 por Stalin) era todavía peor: todos ganábamos lo mismo. El director ganaba lo mismo que el cadete (que era un gran chico y con los años se reveló como humorista estrella en la radio). No hace falta aclarar que no ganábamos casi nada: el equivalente a ochocientos o novecientos pesos de hoy, encerrados todo el día en un departamento de dos ambientes en la calle Cangallo. La decisión koljosiana provocó obvios conflictos: todos ganábamos lo mismo pero no todos producíamos lo mismo para el proyecto. El trabajo de algunos generaba 10 y el de otros 100 o 1.000. ¿Qué era, entonces, lo justo? Muchas veces, el hecho de ganar lo mismo hacía que los jefes dejaran de preocuparse por el trabajo, si después de todo nadie a iba notarlo. El esfuerzo daba igual. Éramos chicos, pienso hoy en mi descargo, confundíamos el hecho cierto de que todos deben tener un salario justo con la fantasía de que todos trabajan por igual, con la misma responsabilidad y generando las mismas ganancias. Un error del cadete podía superarse rápidamente, pero un error del secretario de redacción podía costarle la vida a la revista. Sin embargo, los dos ganaban igual. Es inevitable mi recuerdo de las épocas de El Porteño cuando se habla de teorías del salario público o privado, discusión en la que la hipocresía por metro cuadrado es altísima. ¿Está bien o mal que quienes trabajan mejor ganen más? ¿Por qué, si trabaja mejor durante todo un año, el empleado que no recibe ningún estímulo seguiría haciendo lo mismo al año siguiente? Insisto: todos deben ganar un salario digno. Pero, ¿todos deben ganar un salario igual?
El proyecto de Macri ha puesto nuevamente en discusión el tema y la polémica se ha vuelto tan fogosa como cuando Cavallo sostuvo que no podía vivir con menos de diez mil pesos al mes. Cavallo, claro, tampoco vivía con diez mil pesos (nos tocó informar en aquel momento que pagaba dos mil sólo de expensas) y la discusión se volvía exasperante porque mostraba el abismo del modelo económico: la diferencia entre el salario del ministro y el televidente era tan atroz que el ministro no podía ni siquiera decirla; así de lejos quedaban las dos Argentinas. La polémica retrotrae a la vieja discusión guevarista de los estímulos morales o materiales: ¿qué es mejor para un buen trabajador? ¿Ponerle a fin de año una cucarda de felicitación o aumentarle el sueldo? Aquel setentismo enseñaba que quien quiera sentarse en un sillón más mullido es, por lo menos, un contrarrevolucionario gusano, algo que se entendería si uno explota a los demás, pero, ¿por qué, si es fruto del trabajo sano y del esfuerzo, debe vivirse con culpa el hecho de querer estar mejor? Les pedimos a los funcionarios públicos que se sacrifiquen por la Patria: sabemos que no lo hacen y en gran parte de los casos se corrompen.
Eso sí: que las apariencias ganen. Que parezca que viven con menos. El asunto de la productividad es discutible: ¿cómo medirla en términos del Estado?
Pero, para doblar la apuesta: ¿estaría mal que en el gobierno de la Ciudad (o en el de la Nación) quienes trabajan mejor ganen mas? ¿Sería eso más o menos progresista? ¿Estaría mal hacer algo con los que no trabajan o trabajan mal? Recapacitarlos, formarlos, pagarles de todos modos pero hacer que se capaciten y mejoren su desempeño. ¿Sería reaccionario o progresista? Quien no trabaja, o no se esfuerza, o lo hace mal, perjudica al colectivo. Sería bueno, alguna vez, que los premios no sólo le correspondan al azar.
*FUENTE: Crítica de la República (Versión Digital) – 13/06/2008
Hace mil años, en el ochenta y pico, cuando éramos jóvenes e inmortales, decidimos comprar una revista y gestionarla. La revista era el mensuario El Porteño y la "empresa" se llamó Cooperativa de Periodistas Independientes, un grupo de periodistas en algunos casos (como el mío) bastante ignotos y también de la generación anterior a la nuestra (Osvaldo Soriano, Eva Giberti y Miguel Briante, entre otros). La aventura de editar, por primera vez, una revista, se sumaba al vértigo caótico de las asambleas: éramos víctimas de nuestra propia ingenuidad, pensábamos que una cooperativa debía vivir en estado de discusión, y cada mes, cada ejemplar, se discutían los contenidos entre treinta personas. A nadie se le ocurrió lo lógico: nombrar a las autoridades por un año y dejarlos trabajar tranquilos para luego, eventualmente, removerlos.
Yo era, en ese caos, el jefe de redacción. Pero aquel estado de koljós embrionario (así se llamaban las granjas colectivas soviéticas establecidas en 1928 por Stalin) era todavía peor: todos ganábamos lo mismo. El director ganaba lo mismo que el cadete (que era un gran chico y con los años se reveló como humorista estrella en la radio). No hace falta aclarar que no ganábamos casi nada: el equivalente a ochocientos o novecientos pesos de hoy, encerrados todo el día en un departamento de dos ambientes en la calle Cangallo. La decisión koljosiana provocó obvios conflictos: todos ganábamos lo mismo pero no todos producíamos lo mismo para el proyecto. El trabajo de algunos generaba 10 y el de otros 100 o 1.000. ¿Qué era, entonces, lo justo? Muchas veces, el hecho de ganar lo mismo hacía que los jefes dejaran de preocuparse por el trabajo, si después de todo nadie a iba notarlo. El esfuerzo daba igual. Éramos chicos, pienso hoy en mi descargo, confundíamos el hecho cierto de que todos deben tener un salario justo con la fantasía de que todos trabajan por igual, con la misma responsabilidad y generando las mismas ganancias. Un error del cadete podía superarse rápidamente, pero un error del secretario de redacción podía costarle la vida a la revista. Sin embargo, los dos ganaban igual. Es inevitable mi recuerdo de las épocas de El Porteño cuando se habla de teorías del salario público o privado, discusión en la que la hipocresía por metro cuadrado es altísima. ¿Está bien o mal que quienes trabajan mejor ganen más? ¿Por qué, si trabaja mejor durante todo un año, el empleado que no recibe ningún estímulo seguiría haciendo lo mismo al año siguiente? Insisto: todos deben ganar un salario digno. Pero, ¿todos deben ganar un salario igual?
El proyecto de Macri ha puesto nuevamente en discusión el tema y la polémica se ha vuelto tan fogosa como cuando Cavallo sostuvo que no podía vivir con menos de diez mil pesos al mes. Cavallo, claro, tampoco vivía con diez mil pesos (nos tocó informar en aquel momento que pagaba dos mil sólo de expensas) y la discusión se volvía exasperante porque mostraba el abismo del modelo económico: la diferencia entre el salario del ministro y el televidente era tan atroz que el ministro no podía ni siquiera decirla; así de lejos quedaban las dos Argentinas. La polémica retrotrae a la vieja discusión guevarista de los estímulos morales o materiales: ¿qué es mejor para un buen trabajador? ¿Ponerle a fin de año una cucarda de felicitación o aumentarle el sueldo? Aquel setentismo enseñaba que quien quiera sentarse en un sillón más mullido es, por lo menos, un contrarrevolucionario gusano, algo que se entendería si uno explota a los demás, pero, ¿por qué, si es fruto del trabajo sano y del esfuerzo, debe vivirse con culpa el hecho de querer estar mejor? Les pedimos a los funcionarios públicos que se sacrifiquen por la Patria: sabemos que no lo hacen y en gran parte de los casos se corrompen.
Eso sí: que las apariencias ganen. Que parezca que viven con menos. El asunto de la productividad es discutible: ¿cómo medirla en términos del Estado?
Pero, para doblar la apuesta: ¿estaría mal que en el gobierno de la Ciudad (o en el de la Nación) quienes trabajan mejor ganen mas? ¿Sería eso más o menos progresista? ¿Estaría mal hacer algo con los que no trabajan o trabajan mal? Recapacitarlos, formarlos, pagarles de todos modos pero hacer que se capaciten y mejoren su desempeño. ¿Sería reaccionario o progresista? Quien no trabaja, o no se esfuerza, o lo hace mal, perjudica al colectivo. Sería bueno, alguna vez, que los premios no sólo le correspondan al azar.
*FUENTE: Crítica de la República (Versión Digital) – 13/06/2008
