Por Mónica Maristain *
El escritor y periodista habla de sus obsesiones y los elementos autobiográficos de cada libro. Proyecta escribir sobre la degradación del Olimpo: de hogar de los dioses a un campo de concentración en la Argentina.
A flor de piel, los sentimientos de Tomás Eloy Martínez se encauzan sin vértigo, pero también sin pausa, por el lecho de un río donde la memoria lleva y trae recuerdos de lo no vivido. Así es Purgatorio, la última y prodigiosa novela de este maestro del periodismo y narrador a punto de la historia emocional argentina. Su libro más literario, según él mismo apunta a Crítica de la Argentina, es la memoria de los días aciagos de la dictadura, aquellos minutos de fiebre y sangre que Martínez observó desde un exilio voluntario, a la sazón el viaje desde una muerte segura (“no quería que me asesinaran delante de mis hijos”, admite) hacia un territorio donde la patria se sellaba a fuego en su pluma y en su corazón.
Como el Pichuco de nuestro descontento, Martínez nunca se había ido de su tierra natal, a la que siempre está volviendo, víctima al fin de sus propias obsesiones. Una grave enfermedad representa su campo de batalla reciente y, a juzgar por la aparición de su novela y los proyectos literarios que encara, la escritura es el arma más eficaz de combate.
–¿Es cierto eso de que los novelistas son víctimas de sus ideas fijas?
–Para mí, sí. Imaginate el trabajo de un novelista: uncido a un asiento como un buey a un arado, de ocho a diez horas diarias delante de una computadora para escribir sobre una misma cosa. Hay que estar completamente loco para alimentar esa obsesión constantemente. Uno está tatuado con esa obsesión, en verdad.
–¿Cuáles son sus ideas fijas?
–Las ideas fijas en mi vida han sido de algún modo los mecanismos internos del poder y la manera de desarticular y entender esos mecanismos, las formas que asume la hipocresía; también me interesa mucho construir, aprender sobre las cosas que más desconoce el novelista. Los novelistas suelen retratar muy mal a las mujeres, por ejemplo, con ciertas excepciones, y por lo tanto me ha interesado mucho estudiar ese mecanismo interno de los sentimientos y de la imaginación femeninos. Otro elemento central en mi obra consiste en tratar de demostrar que la literatura argentina sí está construida por sentimientos. En 1951, Borges dio un mandato en una conferencia notable que se llama “El escritor argentino y la tradición” en el que dice que “ser argentino es sinónimo de pudor”, que el argentino nunca muestra sus sentimientos o sus debilidades. Ese mandato de Borges, al cual ni el mismo Borges hizo caso, secó a la novela argentina durante mucho tiempo, produjo textos muy secos, aburridos, pesados y carentes de sentimientos. Lo que he tratado de demostrar en mi literatura es que esos sentimientos estrepitosos que estallaban en la televisión a cada rato también están en la vida cotidiana. No por nada la mitad de la población argentina es de origen italiano. La indagación de los sentimientos en la cultura argentina en general, así podría decir que es mi obsesión.
–¿Hay alguna línea visible por donde se desarrolla la novela contemporánea?
–La novela contemporánea está trabajando de un modo muy serio sobre una zona de indecisión que se da entre la realidad y la ficción, que al fin y al cabo son dos mundos que se penetran entre sí. No es nuevo, claro. Ya pasaba en las grandes novelas del siglo XIX. En Guerra y paz, por ejemplo, Tolstoi narra la batalla de Sebastopol examinando día por día el campo de batalla, durante dos meses, para ver cómo crece la hierba. Del mismo modo, Dickens se hace pasar por padre de un estudiante pobre en Inglaterra para narrar en Nicholas Nickleby los tormentos y sufrimientos de los pupilos de las escuelas inglesas de la época.
El realismo mágico, en la medida en que alcanzó el éxito en Europa, se convirtió en una especie de fábrica de América Latina, se confunde con América Latina. Novelistas como W.G. Sebald en Alemania, Claudio Magris en Italia, Philip Roth en los Estados Unidos y el propio García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, representan la gran corriente de la novela contemporánea, trabajando en esa penumbra entre realidad y ficción.
–¿La literatura lo salvó, como suelen decir tantos escritores?
–La literatura es para cada autor su forma de relación personal. Escribo desde los nueve años y no sabría hacer otra cosa. Es lo único que sé hacer desde que abandoné la carrera de Derecho en el tercer año y les dije a mis padres que me quería dedicar a la literatura. Mi padre me lo permitió con la única condición de que terminara la carrera de Letras en tres años, lo que resultó sin duda una hazaña, porque en esa época había cinco griegos y cinco latines que me costaron mucho. Cuando me gradué, mi padre me llevó al diario La Gaceta, de Tucumán, donde tenía unos amigos, para ver qué hacían con “este inútil que lo único que sabe hacer es escribir”. El periodismo era la parte útil de la escritura pero, al mismo tiempo, era muy despreciado. Con el tiempo aprendí que los escritores más importantes de América, desde José Martí a Rubén Darío, se habían profesionalizado a través del periodismo. De modo que, respondiendo a tu pregunta, la escritura es una forma de salvación en la medida en que todo trabajo que sea afín a tu temperamento, a tu destino y a lo que quieres hacer, representa una salvación.
–¿Tiene la literatura un poder catártico que no tienen otras profesiones?
–Bueno, creo que el arte en general tiene ese poder catártico. La literatura, de algún modo, es una forma de disimulada confesión personal, porque nunca cuentas realmente quién sos, sino que cuentas de los mundos sobre los que te interesa investigar. Son formas de comprensión de la condición humana y formas de la propia condición.
–Será por eso que Martin Amis dice que toda la literatura contemporánea que vale la pena es la autobiográfica.
–Bueno, yo escribí una autobiografía fracasada en Santa Evita. Son tres novelas en realidad, la historia del cadáver, la de Evita y la del narrador. La parte del narrador es autobiográfica. Obviamente, en novelas que tienen un universo de ficción más nítido como El vuelo de la reina, la parte de la experiencia personal siempre está ahí, metida. Quieras o no, la autobiografía está. Creo que hasta en las novelas de Tolkien hay autobiografía. Hablando con Bradbury, por ejemplo, él me decía que muchos personajes de las Crónicas marcianas eran temores personales. Uno vuelca recuerdos, miedos, alteraciones de los recuerdos propios en las novelas. Hay una idea muy buena de Walter Benjamin en un ensayo que se llama “El narrador”, según la cual los escritores creamos destinos ajenos para que la llama de esos destinos nos transfiera el calor que jamás obtenemos de nuestras propias vidas. En las ficciones somos lo que soñamos y lo que hemos vivido, y a veces somos también lo que no nos hemos atrevido a soñar y no nos hemos atrevido a vivir. Las novelas, entonces, son una corrección de la realidad.
–¿No piensa de todas maneras que hay en la sociedad una desmedida exaltación del yo que también se ha traspasado a la literatura?
–No, no creo eso. Más bien creo que el yo aparece como una defensa del individuo ante la gregariedad del mundo que lo rodea. La globalización nos ha convertido en habitantes de un mundo múltiple que desconocemos. El pensamiento del uno mismo no tiene nada que ver con el egoísmo. La verdad es que cuando mejor te conocés, tanto mejor podés ponerte al servicio de los otros.
–¿Siempre hay que aferrarse a la vida?
–Sí, hace rato me estaba acordando de Lenin, quien antes de morir le pidió a su esposa, la Krupskaya, que le leyera un cuento de Jack London que se llama “Amor a la vida”, que narra la lucha por sobrevivir de un hombre y un lobo en el medio de la nieve. En el momento en que todo se derrumba a tu alrededor, tienes que elegir si sumarte a toda esa destrucción o tratar de luchar por la propia vida. La voluntad de supervivencia es uno de los instintos más ricos del ser humano y es una de las posibilidades mayores de enriquecimiento personal. Parte del dolor que me produjo el derrumbe de la Argentina durante la última crisis se trasladó a la novela El vuelo de la reina y el duelo por la pérdida del ser amado me inmovilizó, ante él poco pude hacer.
–Si la patria del escritor es su infancia, en este momento de su literatura, ¿diría que ha perdonado muchas cosas de su infancia?
–No sé, eso queda inscripto en la vida de cada quien. Creo que no hay nada que perdonar ni nada que castigar. Solamente sentir que todo eso está dentro de uno, que la infancia, la educación paterna, han marcado la personalidad y son parte de la vida. Una vez que se inscribió adentro de nuestra historia, hay que saber cómo cargar con eso y cómo cargar bien con eso, llevarlo hacia adelante.
–¿Hay una manera específica de aferrarse a la vida?
–Creo que sí y consiste en no mirar hacia atrás. Todas las mitologías, tanto occidentales como orientales, condenan la mirada hacia el pasado. La mirada hacia atrás paraliza, congela, te cosifica.
–¿Qué está escribiendo ahora?
–Escribo sobre el mito del Olimpo, un trabajo que me propuso la editorial Canongate, que está publicando una colección sobre los mitos. Ya salió el de Sansón escrito por David Grossman y el de Victor Pelevin sobre Teseo. Yo elegí el mito del Olimpo, porque tiene, por un lado, el fundamento religioso y, por otro lado, resume en sí la ambición de grandeza e inmortalidad de muchos autoritarismos, el de Hitler, por un lado, que intenta reconstruir el Olimpo en la Berlín de 1936, y el de la dictadura argentina, por otro, ese Olimpo degradado y ridículo que fue un tenebroso campo de concentración.
“Las mujeres conocen la especie humana mucho mejor que los varones”
-Purgatorio resulta ser una novela muy generosa con el lector, muy entregada al lector.
–Bueno, para mí fue un libro muy enriquecedor, porque me aportó un gran conocimiento acerca de mí, de lo perdido, que ya sé que es imposible de recuperar, pero de todos modos abre una puerta a la esperanza de recuperarlo. El que busca, algo encuentra. Específicamente no sé decir qué habré encontrado en este libro, pero sin duda me he encontrado a mí mismo, lo que no es poca cosa.
–En el marco de toda su obra, este libro parece un nuevo comienzo.
–Creo que es el más literario de todos aunque tiene adherencias de hechos reales, como el Mundial de Fútbol del 78, por ejemplo. Hay una transfiguración de lo real en imaginación durante todo el tiempo y la novela camina en el borde de lo que es imaginación y de lo que es realidad.
–Eligió la sensibilidad de una mujer para contar la historia.
–Desde hace mucho tiempo siempre intento ver cómo funcionan la voz y el pensamiento femeninos, porque creo que las mujeres conocen la especie humana mucho mejor que los varones. Las mujeres nos llevan en su vientre, nos comprenden, nos conocen; en cambio los hombres somos un poco más autocentrados y la mujer es mucho más generosa. Por eso quería una voz femenina en Purgatorio, una mujer además mayor que busca todo el tiempo al hombre que ama y que, a través de ese hombre, quiere encontrarse consigo misma. Hay también una reivindicación de un amor adulto; Emilia tiene 60 años y se enamora de un hombre mucho más joven, y en las novelas, sobre todo las del siglo XIX, las mujeres son muy desdichadas con hombres que son mucho mayores que ellas. Me pareció que era una buena reivindicación que Emilia fuera feliz con un hombre menor.
–Su libro tiene el clima de la opresión, el color de esos días aciagos en la cotidianidad, cómo se vivía en esa época…
–Lo que traté de hacer fue la reconstrucción de esos días que yo no había vivido. Estaba afuera, en el exilio, ni un solo día la dictadura me tocó adentro de la Argentina, no me atreví a volver, no quería que me asesinaran delante de mis hijos, no quise dejarles ese pésimo recuerdo a mis seres queridos. En Purgatorio traté de recuperar a través de la imaginación lo que podría haber vivido si me hubiera quedado en mi país en esa época. Ése fue el primer proyecto de la novela: reconstruir a las mujeres en los supermercados, la inseguridad en las calles, el mirar para otro lado. Creo que en gran medida los argentinos somos responsables de lo que nos pasó, porque muchos de los que permanecieron ahí (no me incluyo) miraron para otro lado por miedo, por impotencia o por lo que fuera. Esa inoperancia generalizada permitió que ocurriera lo que pasó y que todo llegara a los extremos.
* FUENTE: Crítica de la Argentina – 28/03/2009
El escritor y periodista habla de sus obsesiones y los elementos autobiográficos de cada libro. Proyecta escribir sobre la degradación del Olimpo: de hogar de los dioses a un campo de concentración en la Argentina.
A flor de piel, los sentimientos de Tomás Eloy Martínez se encauzan sin vértigo, pero también sin pausa, por el lecho de un río donde la memoria lleva y trae recuerdos de lo no vivido. Así es Purgatorio, la última y prodigiosa novela de este maestro del periodismo y narrador a punto de la historia emocional argentina. Su libro más literario, según él mismo apunta a Crítica de la Argentina, es la memoria de los días aciagos de la dictadura, aquellos minutos de fiebre y sangre que Martínez observó desde un exilio voluntario, a la sazón el viaje desde una muerte segura (“no quería que me asesinaran delante de mis hijos”, admite) hacia un territorio donde la patria se sellaba a fuego en su pluma y en su corazón.
Como el Pichuco de nuestro descontento, Martínez nunca se había ido de su tierra natal, a la que siempre está volviendo, víctima al fin de sus propias obsesiones. Una grave enfermedad representa su campo de batalla reciente y, a juzgar por la aparición de su novela y los proyectos literarios que encara, la escritura es el arma más eficaz de combate.
–¿Es cierto eso de que los novelistas son víctimas de sus ideas fijas?
–Para mí, sí. Imaginate el trabajo de un novelista: uncido a un asiento como un buey a un arado, de ocho a diez horas diarias delante de una computadora para escribir sobre una misma cosa. Hay que estar completamente loco para alimentar esa obsesión constantemente. Uno está tatuado con esa obsesión, en verdad.
–¿Cuáles son sus ideas fijas?
–Las ideas fijas en mi vida han sido de algún modo los mecanismos internos del poder y la manera de desarticular y entender esos mecanismos, las formas que asume la hipocresía; también me interesa mucho construir, aprender sobre las cosas que más desconoce el novelista. Los novelistas suelen retratar muy mal a las mujeres, por ejemplo, con ciertas excepciones, y por lo tanto me ha interesado mucho estudiar ese mecanismo interno de los sentimientos y de la imaginación femeninos. Otro elemento central en mi obra consiste en tratar de demostrar que la literatura argentina sí está construida por sentimientos. En 1951, Borges dio un mandato en una conferencia notable que se llama “El escritor argentino y la tradición” en el que dice que “ser argentino es sinónimo de pudor”, que el argentino nunca muestra sus sentimientos o sus debilidades. Ese mandato de Borges, al cual ni el mismo Borges hizo caso, secó a la novela argentina durante mucho tiempo, produjo textos muy secos, aburridos, pesados y carentes de sentimientos. Lo que he tratado de demostrar en mi literatura es que esos sentimientos estrepitosos que estallaban en la televisión a cada rato también están en la vida cotidiana. No por nada la mitad de la población argentina es de origen italiano. La indagación de los sentimientos en la cultura argentina en general, así podría decir que es mi obsesión.
–¿Hay alguna línea visible por donde se desarrolla la novela contemporánea?
–La novela contemporánea está trabajando de un modo muy serio sobre una zona de indecisión que se da entre la realidad y la ficción, que al fin y al cabo son dos mundos que se penetran entre sí. No es nuevo, claro. Ya pasaba en las grandes novelas del siglo XIX. En Guerra y paz, por ejemplo, Tolstoi narra la batalla de Sebastopol examinando día por día el campo de batalla, durante dos meses, para ver cómo crece la hierba. Del mismo modo, Dickens se hace pasar por padre de un estudiante pobre en Inglaterra para narrar en Nicholas Nickleby los tormentos y sufrimientos de los pupilos de las escuelas inglesas de la época.
El realismo mágico, en la medida en que alcanzó el éxito en Europa, se convirtió en una especie de fábrica de América Latina, se confunde con América Latina. Novelistas como W.G. Sebald en Alemania, Claudio Magris en Italia, Philip Roth en los Estados Unidos y el propio García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, representan la gran corriente de la novela contemporánea, trabajando en esa penumbra entre realidad y ficción.
–¿La literatura lo salvó, como suelen decir tantos escritores?
–La literatura es para cada autor su forma de relación personal. Escribo desde los nueve años y no sabría hacer otra cosa. Es lo único que sé hacer desde que abandoné la carrera de Derecho en el tercer año y les dije a mis padres que me quería dedicar a la literatura. Mi padre me lo permitió con la única condición de que terminara la carrera de Letras en tres años, lo que resultó sin duda una hazaña, porque en esa época había cinco griegos y cinco latines que me costaron mucho. Cuando me gradué, mi padre me llevó al diario La Gaceta, de Tucumán, donde tenía unos amigos, para ver qué hacían con “este inútil que lo único que sabe hacer es escribir”. El periodismo era la parte útil de la escritura pero, al mismo tiempo, era muy despreciado. Con el tiempo aprendí que los escritores más importantes de América, desde José Martí a Rubén Darío, se habían profesionalizado a través del periodismo. De modo que, respondiendo a tu pregunta, la escritura es una forma de salvación en la medida en que todo trabajo que sea afín a tu temperamento, a tu destino y a lo que quieres hacer, representa una salvación.
–¿Tiene la literatura un poder catártico que no tienen otras profesiones?
–Bueno, creo que el arte en general tiene ese poder catártico. La literatura, de algún modo, es una forma de disimulada confesión personal, porque nunca cuentas realmente quién sos, sino que cuentas de los mundos sobre los que te interesa investigar. Son formas de comprensión de la condición humana y formas de la propia condición.
–Será por eso que Martin Amis dice que toda la literatura contemporánea que vale la pena es la autobiográfica.
–Bueno, yo escribí una autobiografía fracasada en Santa Evita. Son tres novelas en realidad, la historia del cadáver, la de Evita y la del narrador. La parte del narrador es autobiográfica. Obviamente, en novelas que tienen un universo de ficción más nítido como El vuelo de la reina, la parte de la experiencia personal siempre está ahí, metida. Quieras o no, la autobiografía está. Creo que hasta en las novelas de Tolkien hay autobiografía. Hablando con Bradbury, por ejemplo, él me decía que muchos personajes de las Crónicas marcianas eran temores personales. Uno vuelca recuerdos, miedos, alteraciones de los recuerdos propios en las novelas. Hay una idea muy buena de Walter Benjamin en un ensayo que se llama “El narrador”, según la cual los escritores creamos destinos ajenos para que la llama de esos destinos nos transfiera el calor que jamás obtenemos de nuestras propias vidas. En las ficciones somos lo que soñamos y lo que hemos vivido, y a veces somos también lo que no nos hemos atrevido a soñar y no nos hemos atrevido a vivir. Las novelas, entonces, son una corrección de la realidad.
–¿No piensa de todas maneras que hay en la sociedad una desmedida exaltación del yo que también se ha traspasado a la literatura?
–No, no creo eso. Más bien creo que el yo aparece como una defensa del individuo ante la gregariedad del mundo que lo rodea. La globalización nos ha convertido en habitantes de un mundo múltiple que desconocemos. El pensamiento del uno mismo no tiene nada que ver con el egoísmo. La verdad es que cuando mejor te conocés, tanto mejor podés ponerte al servicio de los otros.
–¿Siempre hay que aferrarse a la vida?
–Sí, hace rato me estaba acordando de Lenin, quien antes de morir le pidió a su esposa, la Krupskaya, que le leyera un cuento de Jack London que se llama “Amor a la vida”, que narra la lucha por sobrevivir de un hombre y un lobo en el medio de la nieve. En el momento en que todo se derrumba a tu alrededor, tienes que elegir si sumarte a toda esa destrucción o tratar de luchar por la propia vida. La voluntad de supervivencia es uno de los instintos más ricos del ser humano y es una de las posibilidades mayores de enriquecimiento personal. Parte del dolor que me produjo el derrumbe de la Argentina durante la última crisis se trasladó a la novela El vuelo de la reina y el duelo por la pérdida del ser amado me inmovilizó, ante él poco pude hacer.
–Si la patria del escritor es su infancia, en este momento de su literatura, ¿diría que ha perdonado muchas cosas de su infancia?
–No sé, eso queda inscripto en la vida de cada quien. Creo que no hay nada que perdonar ni nada que castigar. Solamente sentir que todo eso está dentro de uno, que la infancia, la educación paterna, han marcado la personalidad y son parte de la vida. Una vez que se inscribió adentro de nuestra historia, hay que saber cómo cargar con eso y cómo cargar bien con eso, llevarlo hacia adelante.
–¿Hay una manera específica de aferrarse a la vida?
–Creo que sí y consiste en no mirar hacia atrás. Todas las mitologías, tanto occidentales como orientales, condenan la mirada hacia el pasado. La mirada hacia atrás paraliza, congela, te cosifica.
–¿Qué está escribiendo ahora?
–Escribo sobre el mito del Olimpo, un trabajo que me propuso la editorial Canongate, que está publicando una colección sobre los mitos. Ya salió el de Sansón escrito por David Grossman y el de Victor Pelevin sobre Teseo. Yo elegí el mito del Olimpo, porque tiene, por un lado, el fundamento religioso y, por otro lado, resume en sí la ambición de grandeza e inmortalidad de muchos autoritarismos, el de Hitler, por un lado, que intenta reconstruir el Olimpo en la Berlín de 1936, y el de la dictadura argentina, por otro, ese Olimpo degradado y ridículo que fue un tenebroso campo de concentración.
“Las mujeres conocen la especie humana mucho mejor que los varones”
-Purgatorio resulta ser una novela muy generosa con el lector, muy entregada al lector.
–Bueno, para mí fue un libro muy enriquecedor, porque me aportó un gran conocimiento acerca de mí, de lo perdido, que ya sé que es imposible de recuperar, pero de todos modos abre una puerta a la esperanza de recuperarlo. El que busca, algo encuentra. Específicamente no sé decir qué habré encontrado en este libro, pero sin duda me he encontrado a mí mismo, lo que no es poca cosa.
–En el marco de toda su obra, este libro parece un nuevo comienzo.
–Creo que es el más literario de todos aunque tiene adherencias de hechos reales, como el Mundial de Fútbol del 78, por ejemplo. Hay una transfiguración de lo real en imaginación durante todo el tiempo y la novela camina en el borde de lo que es imaginación y de lo que es realidad.
–Eligió la sensibilidad de una mujer para contar la historia.
–Desde hace mucho tiempo siempre intento ver cómo funcionan la voz y el pensamiento femeninos, porque creo que las mujeres conocen la especie humana mucho mejor que los varones. Las mujeres nos llevan en su vientre, nos comprenden, nos conocen; en cambio los hombres somos un poco más autocentrados y la mujer es mucho más generosa. Por eso quería una voz femenina en Purgatorio, una mujer además mayor que busca todo el tiempo al hombre que ama y que, a través de ese hombre, quiere encontrarse consigo misma. Hay también una reivindicación de un amor adulto; Emilia tiene 60 años y se enamora de un hombre mucho más joven, y en las novelas, sobre todo las del siglo XIX, las mujeres son muy desdichadas con hombres que son mucho mayores que ellas. Me pareció que era una buena reivindicación que Emilia fuera feliz con un hombre menor.
–Su libro tiene el clima de la opresión, el color de esos días aciagos en la cotidianidad, cómo se vivía en esa época…
–Lo que traté de hacer fue la reconstrucción de esos días que yo no había vivido. Estaba afuera, en el exilio, ni un solo día la dictadura me tocó adentro de la Argentina, no me atreví a volver, no quería que me asesinaran delante de mis hijos, no quise dejarles ese pésimo recuerdo a mis seres queridos. En Purgatorio traté de recuperar a través de la imaginación lo que podría haber vivido si me hubiera quedado en mi país en esa época. Ése fue el primer proyecto de la novela: reconstruir a las mujeres en los supermercados, la inseguridad en las calles, el mirar para otro lado. Creo que en gran medida los argentinos somos responsables de lo que nos pasó, porque muchos de los que permanecieron ahí (no me incluyo) miraron para otro lado por miedo, por impotencia o por lo que fuera. Esa inoperancia generalizada permitió que ocurriera lo que pasó y que todo llegara a los extremos.
* FUENTE: Crítica de la Argentina – 28/03/2009
