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martes, 23 de diciembre de 2008

Un llamado a la paciencia de Samoré *


Por Jorge Rouillon *
Pasados 30 años del comienzo de la intervención papal que detuvo una guerra con Chile, puede apreciarse el fruto de la acción paciente y perseverante ante las tempestades que parecen irrefrenables.
También el escenario brindado ayer en la Basílica de Luján por la confluencia de autoridades de los tres poderes y más de 50 obispos de la Iglesia Católica, con la presencia de la Presidenta y de todo su gabinete, junto al cardenal Bergoglio, dirigentes de otros cultos y de varios sectores sociales, en una misa de acción de gracias a Dios por la paz con Chile podía ser difícil de imaginar tiempo atrás, cuando parecía prevalecer la distancia y cierto resquemor entre el Gobierno y la Iglesia.

El presidente de la Comisión de Pastoral Social, monseñor Jorge Casaretto, recordó en la homilía de ayer el comienzo de un largo camino: cuando el cardenal Antonio Samoré, designado por el Papa para intervenir en el conflicto, volaba hacia aquí le decía a su colaborador monseñor Faustino Sain Muñoz: "Vamos a necesitar un océano de paciencia".

Fue necesario no perder el ánimo en aquel conflicto, se necesitó mucha paciencia para vencer la violencia, mucho diálogo para derrotar la obstinación. Y según Casaretto, gracias a Dios, Samoré tuvo esa paciencia: en medio de tinieblas belicistas entrevió esa famosa "lucecita" que terminó por convertirse en una gran luz que ilumina la relación fraterna entre dos pueblos.
Esa misma paciencia, y trabajo perseverante, puede requerir el desafío actual de ambos países de construir en lo interno una paz social más sólida. Idea que resuena más fuerte en nuestro medio, signado por la confrontación.
Dicen que Samoré recordaba frecuentemente una máxima de San Alfonso María de Ligorio sobre cualquier tarea difícil: hacía falta un dedal de sabiduría, un cubo de prudencia y un océano de paciencia. Y a lo largo de la mediación dio ejemplo de sufrida paciencia, en la larga e incierta espera de las necesidades y reacciones de unos y otros.
Samoré murió antes de que ambos países firmaran un tratado de paz y pudieran verse los frutos de la paz. Ayer, no faltaron ejemplos de esos resultados: las banderas de la Argentina y Chile portadas por chicos; la bendición de una familia chilena, radicada en Alberti, por el cardenal Bergoglio y abrazada luego por la Presidenta, personas concretas que en la vida diaria se beneficiaron de que no estallara la guerra. En la plaza, entre otros asistentes, se hallaba Ramón Paz, que era soldado en 1978 y estuvo dos meses entrenándose junto al estrecho de Magallanes, con el regimiento RI 24 de Río Gallegos. En diciembre fueron trasladados a la frontera, hasta el 24 de diciembre, en que se retiraron de ese punto de inminente conflicto.
Ayer, con sencillez, el cardenal Bergoglio apenas habló. Brevemente pidió que Dios cure nuestras heridas y pecados, y que todos volvieran a sus casas con el deseo de trabajar por la paz. Dio la mano y saludó brevemente a la Presidenta, que dio un beso a dos o tres obispos. Hubo un ambiente tranquilo y hasta abrazos de los diputados del oficialismo y de la oposición. Y por delante mucho trabajo, mucho por recomponer en un país fragmentado, que precisa una paciencia y perseverancia para no desanimarse, como las que desplegó Samoré.
*FUENTE: lanacion.com – 23/12/2008