Por Jorge Armando Barreto
La pobreza hoy, ayer y siempre, ha pasado por momentos de mayor o menor grado de intensidad. Ha sido el gran desafío de muchos gobiernos; argumentos falaces de infinidad de campañas y portada de solución para toda gestión de gobierno.
Pero ¿Quién le pone el cascabel al gato...?; ¿Quién se hace cargo verdaderamente de ello, o aporta soluciones de fondo para desterrar este flagelo en nuestra sociedad?.
No basta solo con proponérselo, hay que tener vocación real, solidaridad y otras condiciones humanitarias y morales; una escala de valores para hacerlo. Son muchos factores: manejar índices reales, que no se consiguen detrás de los escritorios, sino del contacto con la realidad: mirando -por ejemplo- a nuestro alrededor todos los días y en horarios insólitos, el deambular de tantas personas revolviendo basurales, contenedores, en busca del sustento para subsistir.
Porque el hambre no tiene horario, nos quita el sueño, nos doblega el espíritu, nos flagela la dignidad y la autoestima.
No se puede tocar de oído en este tema, hay que involucrarse, hay que internarse en el corazón mismo donde se generan: en las villas, los asentamienos: focos de pobreza en la máxima expresión.
Pero claro, es todo un desafío el cual mueve hasta nuestros intereses personales, particulares, compromete nuestra respuesta, sobre todo en un ámbito donde no se cosechan votos con palabras sino con hechos concretos.
No se puede tapar el sol con las manos y negar o menguar su existencia. Se equivocan los gobiernos cuando quieren camuflar esta realidad o ponerles parches, utilizando o manipulando la información a través de las instituciones, especialmente de aquellas que, justamente, tendrían que reflejar índices reales de situaciones –como la planteada-, que “deben” ser las prioridades en las políticas a implementar.
¿Cómo se combate?
Con trabajos de gestión pública “genuinos”, dignos, para reivindicar a la persona en un todo integral: material y espiritual, donde lo que pueda lograr con su esfuerzo, pueda llevarlo a su familia para recuperar su rol, generar el respeto y las consideraciones de sus asistidos; pueda verse ante sus pares como un ser digno e interiormente fortalecido, sintiéndose útil a su familia y a la sociedad.
La pobreza hoy, ayer y siempre, ha pasado por momentos de mayor o menor grado de intensidad. Ha sido el gran desafío de muchos gobiernos; argumentos falaces de infinidad de campañas y portada de solución para toda gestión de gobierno.
Pero ¿Quién le pone el cascabel al gato...?; ¿Quién se hace cargo verdaderamente de ello, o aporta soluciones de fondo para desterrar este flagelo en nuestra sociedad?.
No basta solo con proponérselo, hay que tener vocación real, solidaridad y otras condiciones humanitarias y morales; una escala de valores para hacerlo. Son muchos factores: manejar índices reales, que no se consiguen detrás de los escritorios, sino del contacto con la realidad: mirando -por ejemplo- a nuestro alrededor todos los días y en horarios insólitos, el deambular de tantas personas revolviendo basurales, contenedores, en busca del sustento para subsistir.
Porque el hambre no tiene horario, nos quita el sueño, nos doblega el espíritu, nos flagela la dignidad y la autoestima.
No se puede tocar de oído en este tema, hay que involucrarse, hay que internarse en el corazón mismo donde se generan: en las villas, los asentamienos: focos de pobreza en la máxima expresión.
Pero claro, es todo un desafío el cual mueve hasta nuestros intereses personales, particulares, compromete nuestra respuesta, sobre todo en un ámbito donde no se cosechan votos con palabras sino con hechos concretos.
No se puede tapar el sol con las manos y negar o menguar su existencia. Se equivocan los gobiernos cuando quieren camuflar esta realidad o ponerles parches, utilizando o manipulando la información a través de las instituciones, especialmente de aquellas que, justamente, tendrían que reflejar índices reales de situaciones –como la planteada-, que “deben” ser las prioridades en las políticas a implementar.
¿Cómo se combate?
Con trabajos de gestión pública “genuinos”, dignos, para reivindicar a la persona en un todo integral: material y espiritual, donde lo que pueda lograr con su esfuerzo, pueda llevarlo a su familia para recuperar su rol, generar el respeto y las consideraciones de sus asistidos; pueda verse ante sus pares como un ser digno e interiormente fortalecido, sintiéndose útil a su familia y a la sociedad.
