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martes, 8 de julio de 2008

La fuga de capitales *


Diversas mediciones privadas, en coincidencia con estadísticas monetarias oficiales, ponen en evidencia un significativo traslado de ahorros nacionales hacia tenencias de moneda extranjera y colocaciones en el exterior. Esta tendencia se ha acentuado en las últimas semanas, en consonancia con la caída de la confianza y la incertidumbre creada por el gobierno nacional.
En los últimos tres meses, de acuerdo con cálculos de tres estudios privados, habrían salido del país entre 8000 y 9000 millones de dólares, en gran parte como consecuencia del incierto panorama derivado del conflicto entre el campo y las autoridades nacionales.


A pesar de que el saldo de las balanzas comercial y de pagos continúa siendo positivo, las demandas del público y las remesas de capital de las empresas han obligado al Banco Central a desprenderse de reservas para evitar que el mercado de cambios presione la cotización de las divisas hacia arriba. Aunque todavía el nivel de las reservas es amplio, del orden de los 47.700 millones de dólares, debe computarse una reducción de 2500 millones desde el 31 de marzo pasado.
Circunstancialmente, la autoridad monetaria pretendió y logró bajar en junio la cotización local del dólar, vendiendo más reservas que las que hubieran sido necesarias. Probablemente la intención fue desalentar expectativas y revertir las compras de moneda extranjera; sin embargo, el público ha insistido en protegerse y continúa desprendiéndose de la moneda local. La inflación, así como la perduración del conflicto con el campo y los síntomas de debilidad fiscal, mantiene una incertidumbre que no se ha despejado con estas acciones del Banco Central, que, por otro lado, no serían sostenibles indefinidamente. La memoria de los ahorristas retiene episodios que hoy, lamentablemente, modelan su comportamiento.
El economista Miguel Angel Broda estimó que durante el segundo semestre de 2007 y el primero de 2008 se fugaron del país 19.902 millones de dólares. No es éste el monto en que disminuyeron las reservas, que en rigor aumentaron entre los extremos de ese período, pero puede entenderse como la cantidad que dejó de agregarse a esas reservas, ya desde el año anterior, por efecto del movimiento de capitales privados del período.
Durante estos últimos doce meses hubo dos fenómenos que motivaron fugas de capitales. El primero fue de origen externo y se relacionó con la crisis de las hipotecas iniciada en los Estados Unidos, que afectó a todas las economías emergentes, que vieron desplazarse capitales hacia países de menor riesgo. El segundo es propio y ocurre por la crisis detonada con el aumento de las retenciones el 11 de marzo último.
El conflicto con el campo y su persistencia por la actitud del Gobierno de encararlo como una batalla para no ceder crearon dificultades de abastecimiento y el corte de la cadena de pagos. Esto afectó la actividad industrial y comercial y despertó serias dudas sobre el futuro. Se sumó además la información sobre un fuerte aumento del gasto público debido al crecimiento de los subsidios, que ha puesto en duda la solvencia fiscal. La cotización de los títulos públicos se ha deteriorado y, como contrapartida, ha aumentado la tasa de interés que debe pagar el Gobierno por la captación de nueva deuda. En consonancia con esto, aumentó el riesgo país y se deterioró la calificación de nuestra deuda soberana. En este marco, no debe extrañar que exista un proceso de fuga de capitales aunque haya una importante masa de reservas para resistir, teóricamente, cualquier corrida cambiaria.
Toda buena gestión indica que siempre es mejor prevenir que curar. Hay suficientes signos en el devenir económico y financiero que imponen un giro sustancial en las políticas para corregir expectativas y realidades que se han deteriorado sensiblemente. La historia ha demostrado con creces que la fuga de capitales no se evita con controles de cambios ni con regulaciones voluntaristas. Aún no se ha llegado a extremos, pero para evitarlos es imprescindible recrear un clima de estabilidad y confianza. Es necesario atacar la inflación en sus causas y no en sus consecuencias. Debe definitivamente acabarse con el falseamiento y la manipulación de las estadísticas oficiales. Debe sincerarse el sistema de precios con la gradualidad que sea necesaria, suprimiendo los controles y congelamientos. Y debe actuarse estructuralmente sobre el gasto público, mejorando su calidad y aplicación, para de esa forma asegurar la solvencia fiscal sin abusos tributarios.
La Argentina enfrenta una oportunidad excepcional debido a la valorización internacional de sus productos de exportación. Con una adecuada y racional respuesta interna desprovista de ideologismos destructivos, nuestro país debería encontrar el camino para revertir la fuga de capitales y convertirse en un polo de atracción para todos los inversores del mundo.
* FUENTE: lanacion.com – 08/07/2008