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martes, 15 de julio de 2008

Carta abierta a la Presidenta *


Por Oscar R. Puiggrós *

No creí hace cuatro años que hoy tendría que repetir reflexiones, advertencias y anunciar riesgos y temores, como lo hice en mi "Carta abierta al presidente Kirchner", publicada en estas mismas columnas en 2004.
Desde entonces, nada se ha olvidado y nada se aprendió, y no es que la historia ajena y la de nuestro país no hayan dejado clarísimas experiencias.
Nuestra declinación viene de lejos. Civiles y militares, políticos de diferente orientación y varios gobiernos han incorporado sus desaciertos al proceso que nos ha llevado a la crisis institucional, ética y política, que es la más grave dolencia que padecemos. Casi nadie está excluido de responsabilidad.



Cuando organizamos nuestra "nueva y gloriosa nación", elegimos un sistema de convivencia ciudadana y política: republicana, representativa y federal. Podríamos haber elegido otro modelo, pero a través de la Constitución de 1853 optamos por éste. Hoy vemos que esa república representativa y federal está en crisis. Las instituciones se vienen debilitando desde 1930 de diferentes maneras; la historia ya ha empezado a juzgar las desatinadas rupturas del orden legalmente establecido, el desdén por la aplicación puntillosa de las leyes y la codicia del poder de quienes lo ejercen y sin vergüenza ni prudencia lo tratan de mantener para sí o para sus próximos.
En eso estamos y eso tenemos. La Presidenta nos ofrece el mismo modelo de país que su antecesor, el mismo estilo y los mismos procedimientos. Parece que nada ha cambiado y que las frustraciones que temíamos en 2004 se agravan cada día más. El diálogo fecundo sigue ausente y está reemplazado por reiterados monólogos de tono imprudente y desmedido, inadecuado para la primera magistratura, cuyo tono debe ser de moderación y templanza, para hacer razonar, convencer y promover el cumplimiento de las virtudes ciudadanas que impulsan el desarrollo, aseguran la justicia y fortalecen la paz. Añoramos esa fecunda enseñanza.
Por este camino, el personalismo se acentúa, la autocrítica (esencial en los que mandan) está ausente, la democracia se aleja, se reemplaza el Parlamento por el debate callejero, el sistema representativo se convierte en una ficción.
Sería bueno, señora presidenta, que no alentara más recuerdos trágicos de nuestra historia, como cuando en las familias se disimulan u olvidan viejos parientes no recomendables. Es el futuro, no el pasado, lo que demanda nuestros pensamientos. Alejandro el Grande hizo notar que el pueblo de Asia era de esclavos porque no había aprendido a pronunciar la palabra "no". Esta es una lección para los que aspiran a decidir por sí mismos y desean salir de la barbarie sometida y de esa entrega de la personalidad que suele comprometer aun a los que ocupan los más altos niveles de decisión.
En los últimos años del poder de su antecesor y en los pocos meses de su presidencia, la paz interior no se ha fortalecido; nada se ha logrado para la reconciliación de los argentinos. Más bien diría que se ha profundizado la división. Este es el más serio reproche que podemos hacerle al gobierno que usted conduce. Esos antagonismos -nosotros o ellos- tienen orígenes ideológicos que se ahondaron hace menos de medio siglo en ambientes juveniles, atraídos por regímenes de engañosa publicidad igualitaria, ya desaparecidos, descalificados y cuyos resabios están en evidente declinación. Ya no existe Mao en esta otra China, ni la URSS ni Gramsci ni Marcuse ni las dictaduras militares de Chile y Perú, ni otras latinoamericanas. Fidel envejece y Raúl Castro ya debe abrir algunos resquicios. Los extremismos en todas partes van hacia el verdadero centro. El pragmatismo hace su obra y los derechos sociales, culturales y económicos tienden a afirmarse bajo el signo de la democracia republicana, como se manifiesta en las orientaciones actuales de Brasil, Uruguay y Chile.
La preocupación por corregir y actualizar va siendo de todos. De los reaccionarios que se asustaban de la justicia social y de los revolucionarios que se resistían a un orden justo y a una reflexiva y pacífica transición.
Por eso podemos decir que nuestro actual equipo gobernante es más anacrónico que otra cosa.
Para encontrar soluciones hay que empezar siempre por la toma de conciencia. La mentira tiene patas cortas. ¿Hay más trabajo? ¿Hay menos pobres? ¿Está más chica la brecha o hay más subsidios que tapan la realidad, o un Indec que la modifica? ¿Hay menos villas miseria y más honorables viviendas populares? Podemos seguir planteando interrogantes.
En poquísimo tiempo, los apoyos a su gobierno decaen. El partido oficialista sufre cada día nuevas divisiones internas. No hay peor astilla que la del mismo palo, y es así como el temor al principio del fin de un partido con perfil hegemónico aterra a los adictos al poder que soportan su avanzada esclerosis.
¿Habrá empezado el miedo? Guglielmo Ferrero escribió hace años un clásico, El poder , que es ilustrativo y actual en su análisis del temor en los que mandan. Pasan por allí Julio César, Napoleón y otros, todos protagonistas de reacciones temperamentales que aumentaban su temor a medida que crecía su poder, o así lo creían. La amenaza de perderlo los hacía confundir críticas con conspiraciones inexistentes. Casi como el miedo de un niño en la oscuridad.
Dice también Ferrero que el hombre se asusta a sí mismo con su poder de dominar a los demás y vive entonces en una angustia de terrores creados por él; también lo toma al torpe Caín como símbolo, porque envidiaba a su hermano Abel, ordenado, débil, obediente, que tenía la fuerza de esas virtudes. Caín cometió "una estupidez peor que un crimen", como solía decirle Talleyrand a Napoleón.
Todos los poderes se sienten precarios y recurren al ataque, a las voces altisonantes y al tono autoritario cuyo efecto es siempre negativo. Nadie respeta al gritón. Sí al prudente reflexivo que convence. El poder se legitima cuando ha perdido el miedo a perderlo.
En muy poco tiempo, señora presidenta, afronta usted serios problemas. Declina su popularidad y, así, el ímpetu inicial de feliz y tal vez ingenua perspectiva tropieza con la realidad dura, imprevista, que obliga a repasar en la intimidad de la conciencia la eficacia y solidez del "modelo" acariciado desde su juventud. La prudencia y responsabilidad deben hacerla buscar en este intríngulis la armonía entre sus ideales y la verdad simple y cotidiana, que tan bien lograron sintetizar Don Quijote y Sancho Panza.
Señora presidenta, debe usted aceptar que lograr la paz y la superación de los viejos enfrentamientos que todavía nos abruman abrirá el diálogo con todos y la reconciliación que serán una contribución indispensable para detener las graves perspectivas financieras y sociales que ya nos empiezan a acosar.
Creo necesario señalar que se abre una cuota de esperanza con la aparición de imprevistos y positivos renacimientos institucionales. La Corte Suprema de Justicia se ha destacado por su prudencia y firmeza en recientes pronunciamientos que subrayan independencia y responsabilidad. Por su parte, el Parlamento ha vuelto a dialogar, debatir y asumir su fundamental papel de supremo legislador, con independencia del acierto o no de sus decisiones. Estos dos principios de reconstrucción institucional fortalecen la auténtica república democrática, seriamente debilitada por los excesos de Ejecutivos autocráticos. Sólo sobre estas bases de reconstrucción institucional podemos también reconstruir los valores ciudadanos y nuestra quebrada economía.
* FUENTE: lanacion.com – 15/07/2008