Por Elisa Carrió.
Publicada en el Diario Perfil
Domingo 30 de marzo de 2008.
Miles de pequeños, medianos y grandes productores salieron a las rutas con fundamento tan legítimo como irreprochable, que el estado no se apropiara, por la fuerza y sin consenso, de más del cincuenta por ciento de su renta, incluidas las rentenciones y los impuestos.
Reclamo que haría cualquier ciudadano de cualquier país del mundo, viva en el campo o en la ciudad, sea trabajador o empresario. Por lo cual, negarle el derecho a la manifestación y el reclamo sería, simplemente, condenarlos al carácter de habitantes sin ciudadanía, de una Nación y de un gobierno signados, no por la democracia, sino por el autoritarismo.
Frente a este reclamo hubo dos discursos: el primero, violento y auténtico. En un acto de sinceridad inhabitual del poder kirchnerista, Cristina Fernández expresó lo que creen y sienten: que los que están contra ellos o, simplemente no coinciden con ellos, son golpistas, oligarcas o traidores y que en ese sentido, el campo, los pueblos y las ciudades que los apoyan son enemigos y conspiradores.
Se puede no compartir ese discurso y de hecho estamos en las antípodas pero no se puede negar su autenticidad: esto es lo que piensan, esto es lo que son y conforme a este pensamiento van a actuar. A no confundirse: lo que dice D'Elía a los gritos es lo que piensa el ex Presidente que además se lo comunica a los empresarios de su riñón.
El discurso del jueves, enunciado desde un acto partidario y con el expreso respaldo de sus fuerzas de choque en el escenario, Moyano, D'Elía, etcétera, fue un discurso que ahora se demuestra centralmente mentiroso.
La misma lógica de división en tono menor y un llamado cínico a un diálogo que de antemano sólo pretendía quebrar al campo, a las entidades y romper la alianza entre el campo y la ciudad.
Cuando finalizó el discurso, sentí la misma sensación de aquel otro que nos dijo "Felices Pascuas, la casa está en orden". Percibí claramente que el llamado desde la humildad al diálogo era falso. Callé frente a la opinión pública y los diarios en forma deliberada hasta ver si esa intuición se correspondía con la realidad o si era una la equivocada.
No fue sólo el discurso: el aparato de la mentira se montó comunicacionalmente como nunca lo vi en la Argentina. El diálogo parecía un mandato desde los títulos de la televisión oficial y no oficial que mostraba como los piquetes desaparecían como por arte de magia. Los productores en las rutas se preguntaban desorientados si era cierto que los demás se retiraron de las rutas. "Es cierto que ya no queda nadie", indagaban. La televisión mostraba, en algunas rutas, uno o dos productores y, sin embargo, todos estaban en ellas sin detener el paro, ofreciendo una tregua y esperando que un gobierno entendiera que eran sencillamente, trabajadores del campo, hombres y mujeres con manos endurecidas por el trabajo que no se ve, pero que nos alimenta, nutre y enriquece desde que somos Nación y, por ellos, somos Nación.
La reunión del viernes desnudó la jugada. Hicieron esperar a las entidades una hora para decirles nada. Para no ceder en nada. Para comunicarles que la caja de Néstor Kirchner no se toca.Porque la gran mentira del discurso presidencial del jueves -destinado a romper la alianza campo-ciudad- es que ese dinero lo recaudan para distribuir ingresos: el dinero no vuelve a los pueblos, ni a las escuelas, ni a los hospitales públicos, las provincias, o a políticas sociales universales. Va a los negocios corruptos de Julio De Vido y Néstor Kirchner. Ni Brasil, ni Uruguay que tienen gobiernos progresistas le han puesto retenciones a sus productores.
El discurso oficial y su acción está castigando a los mansos, a los que no quieren violencia, sólo el legítimo derecho a ganar lo que es producto de su trabajo y de su esfuerzo, ni siquiera reclamaron cuando el gobierno puso las retenciones en el 35% a la soja.
Salieron cuando ya la peor política agropecuaria de la historia se quería, literalmente, llevar puesto al campo. La soberbia con máximo o mediano tono consiste precisamente en no reconocer la realidad e imponer como relato único la mente presidencial conyugal. Los que carecen de inteligencia y humildad para reconocer la realidad pueden terminar presos de su propia necedad, rodeados de obsecuentes y de fuerzas de choque, pero no podrán contar, en el corto o en el mediano plazo con el respaldo de una ciudadanía que quiere salir al futuro, que no quiere divisiones, que desea la concordia y el bienestar para todos.
Es increíble como en el mejor momento histórico de la Argentina en términos de posibilidades de crecimiento económico, un grupo faccioso domina la Nación llevando, en forma peligrosa, a un pasado que no debe volver.
Pero lo peor que ha hecho la Presidenta es tratar de golpistas a jóvenes que estaban en las ciudades, que son hijos de la democracia, que aman su país, que no quieren ser habitantes, que quieren ser ciudadanos. Que se haya confundido tanto es un despropósito y un agravio a toda la Nación.Ojalá exista diálogo en serio, porque sino sería una traición.