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lunes, 11 de febrero de 2008

Argentina: ¿Una sociedad atemorizada?


Por Adrian Ernesto Goldbreg
adrianelectron@yahoo.com.ar

A nadie se le escapa que, en la actualidad, el entorno multifacético que nos rodea y en el cual, al mismo tiempo,”vivimos”, resulta extremadamente complicado, no para uno o para dos, sino para todas las clases sociales: para el pobre, para el “más o menos” o para el rico; para el ignorante, para el educado o el ilustrado; para el sano o para el enfermo; para el niño, el joven o el anciano.
Los males sociales, como la pobreza, la desocupación, la inseguridad, la ilegalidad y la corrupción, etc., hacen sentir su peso y enturbian nuestras ideas, nuestros sueños,.... nuestras vidas concretas.

En este sentido, con tantos males sobre nuestras espaldas, parecería ingenua y hasta ridícula una pregunta tan sencilla como la que sigue: Si todos somos seres humanos, de carne y huesos, con sentimientos e ilusiones, con buen o mal humor ...: ¿ Por qué nos resulta tan difícil “vivir”...? ¿Por qué –pareciera- crecen velozmente nuestras angustias y pesares; y nuestra incapacidad para llevarnos sencillamente “bien “con el otro y con la sociedad en su conjunto...?

Como se dijo más arriba, la pregunta puede parecer ingenua y ridícula, y cualquiera podría decir, hasta con cierto sarcasmo: “Y.... con todo lo malo que vemos y nos pasa a diario....¿Cómo queres que nos vaya...?”
Esta sería, en todo caso, una respuesta “obvia” pero al mismo tiempo “simplista”, porque en la vida concreta de cada uno algunas “preguntas” pueden ser sencillas pero normalmente implican respuestas “complejas”.

En efecto, se tiene la impresión de que, además de lo “obvio”, hay otros factores a considerar.

Así, sería bueno tener en cuenta otros elementos.

Por ejemplo: vivir en sociedad implica la existencia de leyes....leyes “externas” a nosotros mismos, por decirlo de alguna manera, como la ley de no robar, no pasar un semáforo en rojo, etc.

Pero al mismo tiempo, las personas tenemos “leyes internas”, algo así como “leyes de vida”, las cuales necesitan ser habitualmente corregidas y perfeccionadas.
En este sentido, se tiene la impresión de que no sólo “no mejoramos” nuestras propias leyes internas, sino que encima no las cumplimos, y a veces ni nos acordamos que existen, aún cuando son determinantes para la relación con los demás, porque cada vez que interactuamos –y es bueno recordarlo- manifestamos “nuestra conciencia”, nuestros sentimientos, nuestra preocupación por el otro o nuestra indiferencia.

¿Qué es lo que nos sucede...?
Seguramente existan varias formas de explicación, pero con sencillez se puede mencionar al menos un factor importante: “el miedo”, que muchas veces se podrá expresar como “inseguridad frente a lo malo conocido”, “sospecha desalentadora”, fobias ligeras, e incluso, en ocasiones, podrá devenir en patologías serias de carácter psico-afectivo.

En efecto, por lo dicho más arriba, es de sentido común concluir que tanto los males sociales como los personales afectan nuestra intimidad, nuestro equilibrio emocional, provocándonos una forma de alteración a la que englobamos bajo el término “miedo”.

En este sentido, cuando el miedo se ha instalado en las psiquis humana, la primera sensación que se tiene es que estamos frente a un contexto amenazador, frente al cual hay que defender lo poco o mucho que tengamos o que seamos: desde los elementos materiales, como la vivienda (propia o alquilada), el medio de movilidad, nuestra indumentaria, y así tantos otros bienes personales, como defender también los elementos de carácter más bien humanos, como la integridad de la vida física, la rectitud de nuestros sentimientos, el cuidado de nuestros familiares y amigos, la conservación de “nuestro lugar propio en el mundo” (sentido de pertenencia), etc.

Si sentimos que esta “defensa” no se realiza, el “miedo” se potencia, paraliza nuestras vidas, y hace casi imposible el respeto de las leyes sociales y nuestras propias leyes internas.

Por esto, si bien cada sociedad está llamada a evolucionar en una multiplicidad de aspectos, como el tecnológico, el científico, el educativo, etc, pareciera que, como pueblo argentino, “especialmente” estamos llamados a transitar un camino de reculturización y rescate de los valores humanos, éticos y sociales. Es obvio que no es un camino corto sino que, por el contrario, es largo y requiere esfuerzos. Pero también es obvio que afirmarnos como personas, “perder el miedo al desafío de vivir”, traerá como consecuencia natural la “reconquista” de las verdaderas libertades individuales y sociales, tan necesarias tanto para la construcción de un pueblo libre como para la digna realización personal de cada individuo y su familia.